Buenas tardes,
Recuerdo que, cuando mi hermana y yo éramos pequeños, las visitas que venían a ver a mi madre, que era modista, a veces nos preguntaban qué queríamos ser de mayores. La respuesta de mi hermana siempre sorprendía:
—Yo de mayor quiero ser extranjera.
Por mi parte, mi respuesta fue cambiando a lo largo de la infancia: astronauta, bombero, veterinario… Jamás expresé —tampoco en la adolescencia ni en la primera juventud— el deseo de ser escritor. Publicar ni que fuera un solo libro no era una posibilidad que entrara en mi cabeza. Ni siquiera era un buen lector.
¿Cómo he llegado hasta aquí, pues? El azar ha intervenido, sin duda. También la facilidad para escribir. No obstante, también es una vocación que despertó en mí por eliminación tras un dilatado proceso. Cuando ya no quieres ser profesor de lengua, ni traductor, ni corrector, ni editor, ni tampoco sherpa literario —aunque cuando me enamoro de un proyecto, aún lo hago—, lo que queda es ser escritor.
Aun así, cuando no estoy tecleando o en un escenario hablando de libros, en mi cabeza sigo siendo el hijo de la modista. Por eso, todavía me sorprende que me paren en lugares públicos para saludarme o pedirme una foto.
En el colmado paquistaní donde compro el agua, ayer el dueño me dijo:
—Tú sales por televisión, ¿verdad? Me ha dicho un cliente que sales por televisión.
—Alguna vez sí, pero solo de vez en cuando… —le contesté.
Siempre que me preguntan qué se siente siendo famoso, respondo que la mía es una fama sostenible de muy baja intensidad. Famoso es un futbolista, un cantante, una influencer o youtuber con millones de seguidores, o alguien que tiene un programa en la tele, no yo.
La mayoría de las personas que me reconocen no me dicen nada, y las que lo hacen suelen ser extremadamente delicadas.
Eso no quita que en ocasiones me encuentre en situaciones curiosas como la de esta mañana. Estaba tomando el té con Ferran Cases en la tetería de Gràcia cuando una actriz y profesora de danza se ha plantado delante de nuestra mesa y nos ha preguntado:
—¿Os puedo leer el texto que he preparado para mi espectáculo, a ver cómo os suena?
—Adelante… —le hemos dicho poniendo nuestra conversación en pausa.
Dicho y hecho, la artista nos ha recitado tres textos poéticos en movimiento, pues mientras leía el papel balanceaba su cuerpo, tal como sucederá en el escenario.
Tras expresar nuestra aprobación, hemos vuelto a nuestra charla, mientras llenábamos las tazas de té Sencha helado.
Así es mi día a día en este punto de mi historia. En el futuro, quién sabe.
De hecho, la pregunta que nos hacen a todos de pequeños nunca deja de estar vigente, porque la vida no es un guion final. Los puntos de giro y los cambios de rumbo están siempre abiertos. Por eso, no dejemos de preguntarnos:
¿Qué quieres ser de mayor?
Feliz semana,
Francesc