Buenas tardes,
En la recta final para nuestro concierto en Barcelona del próximo viernes, vuelvo a pensar en la magia del azar. Esta vez, en el contexto de un viaje en tren por el sur de Irlanda con destino a la pequeña ciudad de Wexford. Un lugar del que nunca antes había oído hablar.
La semana pasada me dirigía hacia allí con un buen amigo diplomático a quien, por su cumpleaños, yo le había prometido que iríamos a ver puffins —en español, frailecillos—, su animal favorito. Había leído que la isla grande de Saltee es el lugar del mundo donde se congregan el mayor número de estas aves.
Mientras viajábamos en tren, no sabíamos que no podríamos llegar a la isla, porque los ferries que salen desde Kilmore Quay para el avistamiento estaban llenos desde hacía varias semanas. Tampoco sabíamos la escena que viviríamos en el tren de Dublín a Wexford, desde donde debíamos tomar un taxi.
Ocupábamos dos asientos en una mesa del vagón cuando mi amigo exclamó que había desparecido su teléfono móvil. Yo le dije que eso era imposible, puesto que solo nosotros habíamos estado en esa mesa para cuatro pasajeros. Nadie más se había acercado.
Aun así, mi amigo entró en pánico porque es el teléfono de su trabajo. Se formó un buen escándalo que atrajo la atención de otros pasajeros del vagón, que nos ayudaron a buscar.
El teléfono no estaba en la mesa, ni en el suelo, ni sobre ningún asiento. Al parecer, se había volatilizado. Cada vez más nervioso, su dueño empezó a tantear cada rincón de aquella parte del vagón. Entonces sucedió algo tan inesperado como absurdo: al meter la mano entre su asiento y la pared del vagón, sacó un teléfono oculto en aquel hueco.
¡Pero no era el suyo! Se trataba de un teléfono rojo, también iPhone, protegido con una bella funda de piel del mismo color. Lo enseñamos a los escasos pasajeros del vagón, pero nadie entendió de qué les hablábamos.
Buscando un teléfono desaparecido, se había materializado otro teléfono perdido por otra pasajera en el mismo asiento, seguramente en el trayecto anterior de aquel tren.
Lo dejamos sobre la mesa, para entregarlo más tarde al revisor, mientras proseguíamos con la búsqueda sin resultado. Hasta que una anciana sentada detrás de mi amigo que se parecía a Miss Marple entró en escena. Nos preguntó con ojos astutos dónde habíamos encontrado el teléfono rojo y le señalamos el apretado hueco entre el asiento y la pared.
Ella se incorporó para meter sus delgados dedos en ese mismo espacio y… ¡voilà! Sacó de su interior el teléfono de mi amigo. Nos entraron ganas de aplaudirla, como en un espectáculo de magia, mientras mirábamos fascinados aquel estrecho lugar que parece ser un agujero negro lleno de teléfonos.
¿Qué posibilidad hay de que dos teléfonos se cuelen, uno tras otro, en el mismo apretado hueco?
Con este final feliz, nos bajamos en Wexford para iniciar desde allí nuestro infructuoso —por lo que respecta a ver puffins— viaje en taxi hacia la costa del sur.
A mi regreso a Barcelona, me esperaba una nueva sincronicidad. Hacía semanas que una amiga escritora, al preguntarle por una novela que le hubiera fascinado, me recomendó Tres Luces de Claire Keegan.
Yo no conocía a la autora ni detalle alguno sobre la obra. Tampoco le pregunté a mi amiga, porque me gusta sorprenderme. Y así fue, pues, al recogerla en la librería y ponerme a leer en casa, descubrí que arranca con una niña que viaja con su padre a Wexford, desde donde la llevan a la costa, de donde viene la familia de su madre.
¡Feliz semana!
Francesc