Una historia de fantasmas

Estando la semana pasada en la isla de Santa Cruz, en las Galápagos, me sucedió la extraña historia que ahora contaré.

Había previsto con mi pareja, mi hijo y mi sobrino pasar el día en Las Grietas, una garaganta de aguas cristalinas de excepcional belleza. La excursión tuvo que ser suspendida porque, aquella mañana, una alerta de tsunami obligó a cancelar cualquier actividad en la isla.

Al preguntar al taxista con el que habíamos quedado si había algún sitio que visitar, me dijo en un mensaje: «No, mi rey… No se puede ir a ninguna parte.»

El tsunami que debía llegar, a partir de un fuerte terremoto en Rusia, al final se tradujo solo en «tres olitas» en palabras de un local, que ni siquiera salpicaron el puerto. Con todo, los lugares frecuentados como Las Grietas siguieron cerrados toda la jornada.

Pasamos medio día en el Centro Darwin —aquí fue donde, tras desembarcar con el Beagle, el científico inglés concibió la teoría de la evolución—, y luego siesteamos en una pequeña playa con lobos marinos, iguanas y cangrejos multicolor. Como aún quedaban horas, busque algún otro lugar donde ir aquel atardecer. Tenía que ser un sitio fuera de las rutas, sin vigilancia humana que pudiera cerrarnos el paso.

Di con el relato de un mochilero al que le había encantado la playa Garrapatera. El nombre no apetecía, pero tuve curiosidad por aquel lugar, que al parecer estaba muy alejado de los circuitos.

Paré el primer taxi que vi —en Galápagos todo son rancheras— y le pregunté a un tipo que se presentó como Charles si nos llevaría hasta allí para la puesta de sol.

A la orden —dijo lleno de energía—. Y de camino pararemos en los columpios mágicos.

Nos metimos los cuatro en el coche, yo en el asiento del copiloto. El taxista empezó a recitar poemas de cosecha propia y nos cantó dos canciones suyas. También explicó las diferencias psicológicas entre los habitantes de las distintas islas.

Íbamos por caminos totalmente despoblados, fuera de gallos o gallinas silvestres que de vez en cuando cruzaban los caminos llenos de baches y desniveles.

Los columpios mágicos resultaron estar en una finca rural y colgaban literalmente sobre un precipicio. Las cuerdas que sujetaban los asientos eran larguísimas, por lo que cuando te impulsabas hacia adelante, te llevaba a una altura pavorosa, con el abismo bajo tu trasero.

Estuvimos en esos columpios veinte minutos largos bajo la atenta mirada de Oreo, el amistoso perro de la dueña de aquel lugar en medio de la naturaleza.

Desde allí seguimos hasta la playa Garrapatera sin encontrar un solo coche o persona en todo el trayecto. El taxi paró delante de un camino acotado por dos breves muros que, tras un paseo de diez minutos, llevaba hasta el lugar. Charles dijo que nos tomáramos el tiempo que quisiéramos, que él nos esperaría allí.

Hay que reconocer que, pese al nombre, esa playa era de una belleza salvaje conmovedora. Sin nadie más que nosotros, la estuvimos explorando arriba y abajo —tampoco es muy grande— hasta que, al anochecer, distinguimos la figura de una chica entre los árboles.

Joven y de aspecto delicado, llevaba un poncho encima pero parecía europea. Buscaba algo entre la maleza y su rostro expresaba miedo.

Mi pareja se acercó a ella por si necestiba algo. La chica solitaria dijo que estaba perdida y que no sabía cómo salir de aquella playa. No lograba encontrar el camino.

¿Por dónde has entrado entonces? —le preguntó mi compañera, ya que esa playa está rodeada de una espesa selva, fuera de aquel caminito entre muros por el que habíamos entrado.

Se lo señaló y la chica del poncho se fue por allí.

Cuando ya había caído la noche, rehicimos el camino y volvimos al coche de Charles. Al contarle el extraño encuento que habíamos tenido, él nos dijo muy serio:

En esta playa no había nadie más que vosotros. No hay otra manera de entrar que ese camino y yo no he visto a nadie. Además, hasta aquí solo se puede llegar en coche y, como veis, solo hay el mío.

La chica ha regresado por el paseo entre muros hacia donde estás tú —le dijimos—. Tienes que haberla visto.

—Por aquí no ha salido nadie —insisitió cada vez más serio—. Llevo rato mirando el camino para ver si venís, y esa chica no ha pasado. Lo que habéis visto es un fantasma.

Nos quedamos mudos.

—Nadie viene a esta playa al atardecer —prosiguió Charles—, porque es bien sabido que la visitan espíritus. Como esta joven solitaria que habeís visto entre los árboles.

En el camino de vuelta, siendo noche cerrada, el conductor nos explicó que en Santa Cruz, cuando sales de las rutas visitadas, se producen muchos encuentros con fantasmas. Él mismo nos aseguraba que tuvo que abandonar una habitación donde estuvo de alquiler porque cada vez que se acostaba aparecían, al pie de la cama, un niño y una niña pequeños que se pasaban la pelota durante toda la noche.

Cuando le pregunté si estaba seguro de haber visto eso, contestó:

—¡De ley! Igual que vosotros habéis visto a la fantasma de la playa.

Feliz semana,

Francesc

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