La magia de editar

Buenas tardes,

Aprovechando que esta semana tendrá lugar la Feria del Libro de Frankfurt, voy a hablar de una actividad clave para hacer triunfar cualquier obra, aunque muchas veces quienes la realizan sean invisibles: me refiero al arte de editar un manuscrito para que pueda ser publicado.

Esta es una de la tareas más lentas y pesadas que existen, y muy raramente es algo bien pagado.

Cuando se trata de un original que llega a la editorial, la intervención es mínima por falta de tiempo. Se comentan cuatro cosas, hay una corrección ortotipográfica y se maqueta con celeridad para ir a imprenta.

No me refiero a esa clase de edición, sino a la que se realiza previamente con un manuscrito que necesita ser recortado o ampliado, tuneado y —en algunos párrafos— rescrito de modo que despliegue todo su potencial. Muchas veces esto se hace de manera externa, por un picapedrero contratado por el autor.

Como masoquista que soy, de vez en cuando me meto en estos “fregaos” por puro amor al arte. Soy meticuloso, y tardo el doble en editar una página ajena que en escribir una propia, así que para mí nunca será un buen negocio.

Aun así, cuando se me mete en la cabeza que un libro debe ver la luz de cierta manera, mi instinto romántico de editor me puede. Por culpa de este impulso temerario, llevo desde el junio pasado peleándome con manuscritos sin tener necesidad alguna de hacerlo. Esta semana termino el último, que necesita solo de un poco de cirugía fina por tratarse de una autora muy experimentada.

Llevo casi 30 años en esto y, si nos vamos a los extremos, es interesante observar las reacciones de los autores cuando les devuelves su texto retocado. En una ocasión, casi me parten la cara por haber rescrito un prólogo que, además de ser muy confuso, estaba lleno de repeticiones. El autor vino a la editorial hecho una furia: se quejaba de que le había robado la poesía al texto.

En el polo opuesto, a veces uno trabaja a brazo partido con un libro que acaba no pareciéndose en nada al original y, cuando se lo entregas al autor, te felicita de inmediato y te dice: «Ahora está perfecto, yo no tocaría ni una coma». Eso significa que no se lo ha leído, lo cual tiene su parte buena. Confía tanto en ti que autoriza a ciegas tu criterio para salir al mundo.

Hay libros que jamás podrían triunfar sin una edición muy intervencionista. Algunos, de hecho, ni siquiera se publicarían.

Sucede especialmente con las primeras novelas. De repente, aparece una escena, una acción, una conversación que se carga la credibilidad de toda la historia. Tus ojos cansados se paran allí y te dices: «Si el lector se encuentra con esto, cierra el libro y pone fin a la lectura para siempre». Y lo mismo quien ha de publicarlo.

No queda otra que eliminarlo o substituirlo por otra cosa que armonice con lo que se está contando, que sea creíble a la vez que emocionante y no saque al lector de la historia. Al contrario, queremos que siga atrapado, que nos acompañe hasta el final y que le quede tan buen sabor de boca que, al cerrar el libro, no le quede más remedio que recomendarlo.

Como decía Martin Amis, muerto hace un par de años, el mejor libro es aquel que, cuando lo terminas, te entran ganas de invitar al autor a una copa. Por favor, pongan otra —un whisky doble— para su editor.

¡Feliz semana!

Francesc

PD. En la cabecera, un joven Martin Amis.

Comparte este artículo