
Buenas tardes,
Una de las causas de infelicidad más comunes —prácticamente nadie escapa a ello— radica en la mala costumbre de medir a los demás con nuestro mismo rasero.
Me explico. Por ejemplo, yo intento contestar a todo el mundo, siempre que el mensaje sea breve y no pida cosas que no me corresponde dar. Considero que una o dos líneas las merece todo el mundo.
Sin embargo, cuando soy yo quien escribe a alguien que no forma parte de mis contactos, no me contesta ni Cristo.
En una ocasión contacté con un músico que tenía solo unos cientos de seguidores en IG para decirle que me encantaba una de sus canciones y que incluso le había dedicado una MN en mi blog. Le adjunté el link para que pudiera leer el artículo. Cero respuesta.
En otra, pregunté por e-mail a una editora con la que, un par de meses antes, había tomado un largo café, cuándo se publicaría la traducción de un autor que me gusta y que ella tiene en su catálogo. Cero respuesta.
También en el ámbito de las personas que conocemos, pensar que harán lo que nosotros haríamos te llevará a la decepción o incluso al enfado.
En el mundo editorial, cuando un profesional de mi círculo me pide el contacto de un editor, agente o cualquier otro factótum de este sector, si tengo una relación cercana doy su correo directo y, previamente, mando un mensaje de voz a la persona diciendo: «Te va a escribir Z, a quien conozco a través de Y para ver si te interesa X. Si puedes ayudarle, estará feliz.».
No obstante, la última vez que pedí el contacto del editor de un compañero de sector, me sugirió que entrara en el Instagram de esa persona para ponerle un mensaje a puerta fría.
—Pero… ¿no va a parecer que soy un fan o un stalker? —le pregunté alucinado.
Para evitar que se me quede mal cuerpo con estas experiencias, he escrito con grandes letras este mensaje en la cabecera de mi agenda: RECUERDA QUE NADIE ES COMO TÚ.
No es que los demás te fallen, es que tú eres extraordinario. Por eso nadie hace lo que tú haces. Visto de esta manera, es una suerte ser quién eres.
No digas aquello de «yo en su lugar…», porque no estás en su lugar, ni ellos están en el tuyo. Cada persona, tú también, lleva consigo sus propios miedos, prejuicios y limitaciones. Cada cual da lo que sabe y puede dar.
Si tú eres capaz de hacer más o mejor, felicítate por ello y sigue adelante.
¡Feliz semana!
Francesc
PD. En la cabecera, foto tomada durante un ritual de Anna Sólyom en un taller lleno de gente maravillosa en la sierra de Gredos. Su maestro en la medicina ancestral, el Dr. Daniel Foor, al ver la imagen le dijo: «Creo que Francesc ha atraído algunos espíritus», y mi compañera me ha dicho al respecto la frase más bonita que he recibido nunca: «Tienes una presencia tan fuerte como una montaña sagrada».