
Buenas tardes,
Escribo el post de esta semana desde Lhasa, donde llegué hace cinco días para acompañar a un amigo que está ya rumbo al Kailash, la montaña sagrada de los tibetanos.
Yo le he acompañado solo en la primera parte del viaje. Más allá de los muchos trámites que se necesitan para poder estar aquí, llegar a Lhasa es como aterrizar en otro planeta.
Después de pasar estrictos controles, mostrar tu pasaporte y tu permiso de entrada, una autopista nueva, totalmente vacía, te lleva a la ciudad prohibida. Pregunto a nuestro guía (no es posible viajar sin él), qué pone en unos enormes ideogramas rojos que hay en la montaña frente a Lhasa.
—Larga vida a la nación china —nos dice.
Nos alojan en un hotel enorme, lleno de personal sonriente que no habla ni una palabra de inglés (ni siquiera «water»). No será hasta el día siguiente que iniciaremos nuestras visitas a Norbolingka y a los monasterios de Jokhang y Sera, entre otros lugares venerables de esta tierra.
La primera tarde nos limitamos a dar una vuelta a la amplia manzana en la que está el hotel y algunas calles más. Lhasa reúne dos universos en uno: la modernidad china —carreteras nuevas, coches de lujo, chicas «fashion»— y el mundo ancestral de los tibetanos.
Hay monjes en todas partes (como el de la cabecera, igual al que imaginó Hergé en 1959) y buena parte de la población local reza todo el día haciendo girar «ruedas mani» entre los dedos, entonando cantos milenarios.
Nada más volver al hotel, me empieza a afectar el mal de altura. La capital del Tibet está a 3700 metros y eso se traduce, en mi caso, en un fuerte dolor de cabeza, náuseas y diarrea. Tras ir al baño, me desplazo hasta la cama casi a rastras. Estoy delirando hasta la madrugada.
Ahora entiendo por qué muchos viajeros chinos —hay muy pocos occidentales aquí— van con un frasco de oxígeno en la mano. Parece un bote de laca, pero tiene un aplicador tipo mascarilla para que te puedas insuflar aire cuando te quedas sin aliento.
A las dos de la madrugada, recuerdo que en mi bolsa tengo un medicamento para alpinistas que me procuró una farmacéutica amiga. Me cuesta una barbaridad incorporarme para llegar, tambaleante, donde están las tabletas. Tomo una y vuelvo a caer en la cama. Todo me da vueltas.
Amanezco razonablemente bien, no sé si porque ya han pasado 18 horas o por el medicamento. Nuestro guía nos lleva al Potala, el enorme palacio —115 metros de altura, mil habitaciones— donde han residido todos los dalai lamas.
Bajo un sol de justicia, hay que subir trece pisos de largas escaleras para llegar a las casi infinitas dependencias del regente tibetano. El guía del palacio suda y, casi sin aliento, da sus explicaciones a toda velocidad. Apenas se entiende lo que dice.
Después de dos horas, mientras bajamos me compadezco al pensar que, seguramente, el guía volverá a subir con otro grupo. Y quizás luego un par más.
Debe de ser uno de los trabajos más duros que existen aquí. Solo superado —si lo he entendido bien— por unos jóvenes locales que cargan a sus espaldas los turistas con problemas de movilidad por los trece pisos de escaleras.
En el Potala no hay ascensores ni nada parecido, aquí solo opera la fuerza humana.
Cuando llegamos abajo, mi amigo Marcelo y yo sonreímos. Más allá de lo imponente del edificio y de las innumerables de reliquias que conserva, estamos felices de que la visita ha terminado y que es muy improbable que volvamos a subir nunca más.
Lo celebramos con una cena en el restaurante tradicional del hotel, donde hay cantantes y bailes tradicionales sin parar, incluso un enorme Yak de trapo manejado por dos tipos que se pasea por las mesas y te toca con los cuernos.
Pedimos un «hotpot» —olla típica tibetana— con verduras y pollo en medio de ese follón festivo. Meto la cuchara para ver si pillo un trozo de pechuga o un muslo, pero solo encuentro despojos. Cuando finalmente la levanto, me aparece la cabeza entera del pollo, con cresta y todo.
Marcelo se ríe y esconde la cabeza detrás de la olla, en su lado de la mesa, para que no la vea.
—Pero… ¿dónde está la carne de este pollo? —pregunto, horrorizado.
—Igual se la comen con fideos en otras mesas —me dice—. A nosotros nos toca la cabeza y los higadillos.

Podría seguir contando páginas y páginas de lo vivido los días siguientes, como la subida a un lago a 4300 metros de altura para, desde allí, alcanzar los 5047 metros para observar un glaciar. Me sentí más o menos bien, pero al descender, me bajaba sangre por la nariz. Definitivamente, no estoy hecho para las alturas.
Decir que los paisajes del Tíbet son bellos, de otro mundo, sería quedarse corto, además de la espiritualidad, calidez y bondad de sus gentes. Siento que cuando mañana por la noche tome el vuelo hacia Pequín, para desde allí seguir el viaje a Barcelona, una parte de mi corazón seguirá en este lugar.
¡Feliz semana!
Francesc