La segunda vida de los sueños

Buenas tardes,

Escribo este blog desde el hotel Balthazar de Budapest, del que me gusta mucho su logo. Por eso lo he puesto en la cabecera. ¿Hay algo más «imposible» de concebir que un elefante con alas? Me parece una imagen poderosa, porque antes de que sucedan, muchas cosas que imaginamos nos parecen totalmente inviables.

Sin embargo, algunas personas tienen un talento especial para lo que nadie cree que pueda ser hecho. Hay un lema que me encanta, atribuido a un cuerpo de ingenieros, que reza: «Lo imposible lo hacemos ahora, para los milagros tardamos un poco más

Cuando un joven empieza a escribir, parece imposible que una gran editorial apueste por él, y el éxito internacional pertenece ya a la esfera de los milagros.

Yo era uno de esos chicos que soñaban con ver alguna vez su novela en las librerías. No esperaba recibir ningún premio, ni que se reeditara mi libro, ni mucho menos ser traducido a otros idiomas.

El sueño se cumplió, a través de un encargo de mi querida Marisa Tonezzer, cuando publiqué amor en minúscula hace ahora 20 años y 2 meses. Recibí una docena de e-mails elogiosos, y tres o cuatro regañinas de lectoras argentinas que no estaban conformes con la elección sentimental del protagonista. Les contesté con cariño.

Yo estaba satisfecho y en paz con lo conseguido, y no pedía ya nada más —literariamente— a la vida. Pero entonces, un año más tarde, Sandra Bruna me llamó desde Frankfurt para decirme que una gran editorial alemana había comprado la novela. 

Aquello superó el techo de mis expectativas. Y fue más allá cuando el libro estuvo dos años entre los más vendidos de Alemania, reeditándose innumerables veces, tanto en tapa dura como en bolsillo. Se acabó traduciendo a 27 idiomas, incluyendo el inglés.

Escribí la secuela, una historia de amor en Kioto que se llamó Wabi Sabi. En aquel momento casi nadie hablaba de ese concepto, pero no sé si fue el mejor título para una novela. Tuvo una decena de traducciones, incluyendo el inglés, y luego desapareció en la niebla de los tiempos.

Pero así como hay viejos amores que resucitan —de eso va la novela que estoy escribiendo ahora—, quince años después, cuando nadie se acordaba ya de esta historia, una editorial de Estados Unidos que hace libros preciosos llamó a mi puerta, a recomendación de Héctor García.

Ellos habían publicado El Método Ikigai —en inglés, The Ikigai Journey— con mucho éxito, y me pedían mi «novela japonesa» para llevarla de nuevo a las librerías, con una petición especial: cambiarle el título.

Cuando mi editora americana me propuso llamarlo Postcards from Japan, me pareció brillante. Al fin y al cabo, el protagonista viaja a Kioto tras recibir la misteriosa postal de un maestro que le quiere enseñar los secretos del Wabi Sabi, la belleza de la imperfección. Allí descubrirá aspectos de sí mismo que desconocía, así como un amor distinto al que ha lastrado su vida en los últimos años. 

Al ver la nueva portada del libro y el lomo estampado con flores de sakura pensé, «Wow, esto sí que es bonito».

Hace pocas semanas que la novela ha llegado a las librerías de los países anglosajones, pero mi editora me ha dicho que se vende sorprendentemente bien y que vamos a tener que hacer más cosas.

Yo me encuentro en una fase vital de poner mucha energía en la ficción, así que estoy encantado de que los astros se alineen de este modo.

La enseñanza que extraigo de este milagro, que se ha fraguado a lo largo de dos décadas, es que hay sueños que tienen más de una vida. Por eso es importante confiar en la providencia, sin desesperar ni tratar de precipitar las cosas. Como dice el Eclesiastés, todo tiene su tiempo y su momento. Y a aquel elefante que avanzaba cansado por caminos polvorientos pueden crecerle las alas y salir volando en el momento menos pensado.

¿Cuál es el elefante alado de tu vida?

Feliz semana,

Francesc

Las funciones de DOS TIPOS FELICES en Barcelona ya terminaron, pero habrá dos shows únicos en Benicàssim y en Madrid, por si queréis pasar un buen rato con nosotros.

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