
Buenas tardes,
Hay maestros que no sabemos que lo son, porque su sabiduría se oculta bajo una fachada de dureza o superficialidad. Este fue el caso de Bruce Lee, que antes del anuncio de Audi que tomó parte de una entrevista («Be water, my friend») pocos sabían que era filósofo.
Más inesperada es la figura de Sylvester Stallone, el entrañable Rocky que la mayoría relacionan con un cuerpo sin cerebro. Basta saber algo de su biografía para entender que eso no es así.
Tras una infancia muy difícil en el barrio neoyorquino de Hell’s Kitchen, su pasión por actuar le llevó a dormir tres semanas en la calle mientras esperaba su oportunidad en un casting.
Además de actuar en el teatro y de aceptar cualquier papel que le ofrecieran, fue entre otras cosas limpiador de un zoológico. Pasaba los ratos libres en una biblioteca local estudiando el estilo de Edgar Allan Poe.
Tras lograr algunos papeles secundarios, el «clic» que cambiaría la vida de Stallone llegó el 24 de marzo de 1975. Al asistir al combate entre Muhammad Ali y Chuck Wepner, decidió que escribiría el drama de un boxeador llamado Rocky, que se enfrenta a un campeón de los pesos pesados sin tener posibilidades.
En tres días febriles tenía el guion listo. Gustó mucho a varios estudios, que se ofrecieron a comprarlo para dar el papel a un actor famoso. Stallone se negó a cederlo a no ser que protagonizara él mismo a Rocky.
Al final le dieron un presupuesto muy bajo: un millón de dólares y solo 28 días para filmar, cosa que le obligó a tomar como escenario las calles de Filadelfia. Por su autenticidad y carácter épico, la película arrasó en las taquillas de todo el mundo y lanzó a Stallone a la fama.
Alguien capaz de lograr algo así desde luego que no era ningún tonto. Por eso invito a este maestro inesperado a iluminarnos en nuestra Monday News. En una ocasión, Sylvester Stallone dijo:
«Quien no puede resolver tu problema, no necesita saber de él.»
Ciertamente, y eso es así debido a tres razones:
- A casi nadie le interesan tus problemas. Solo hacen ver que escuchan para luego contar los suyos.
- Explicar dificultades a quien no puede darnos claves para solucionarlas es una pérdida de tiempo para ambas partes. Cansas a quien te escucha y tú acabas aún más desanimado, porque te encuentras en el mismo punto en el que estabas.
- Hablar en negativo te desempodera y no sirve de nada, solo aumenta el lugar que ocupa en tu espacio mental.
Lo mismo que se aplica a los problemas sirve para gestionar los sueños, que cuando nacen son frágiles como bebés. Y, así como no pondrías a tu retoño al cuidado de cualquiera, el mismo mimo hay que tener con los proyectos que te ilusionan. Me atrevo, así, a reformular la frase de Stallone:
«Quien no puede ayudarte a cumplir tu sueño, no necesita saber de él.»
Y voy a dar tres razones más para ello:
- Corres el riesgo de confiárselo a un asesino de sueños, que te matará la ilusión diciendo: «No puedes», «No saldrá», «No es el momento», etc.
- Si esta persona no tiene un sueño equivalente al tuyo, se sentirá disminuida, lo cual en algunos casos genera distancia o incluso resentimiento.
- Tal vez tu interlocutor lo cuenta donde no debería y tu sueño lo acaba realizando otro.
Sintetizando: cuenta el problema (una sola vez, no seas pesado) a quien te pueda ayudar a resolverlo, y cuenta tu sueño a quien desea de corazón que lo cumplas y está dispuesto a impulsarte.
En el resto de casos, mejor guarda silencio.
¡Feliz semana!
Francesc