
Buenas tardes,
Ayer regresamos de una breve escapada a Brighton con mi compañera. Tres días con la excusa de ver el concierto de Nick Cave en la ciudad donde reside desde 1999. Fue una gran fiesta en Preston Park donde le precedieron muchas bandas amigas, y con la sorpresa de que a mitad de su show apareció en el escenario Kylie Minogue para cantar con él Where The Wild Roses Grow.
El resto de días los dedicamos a pasear por la costa de esta vieja ciudad vacacional, cuna de los mods, y descubrir otros lugares como las animadas calles que se conocen como «the laines».
Anteriormente había estado en Brighton una única vez, cuando tenía diecinueve, creo. Fue parte de mi primer viaje por Inglaterra. Acompañado de mi amigo JR, hicimos una agotadora ruta en un autobús de estudiantes que nos llevó de Barcelona hasta el norte de Gran Bretaña para luego volver. Una odisea de dos semanas y media durmiendo en tiendas de campaña y montando bocadillos en la calle con lo que comprábamos en el supermercado.
Recuerdo que Brighton, entonces, no me sedujo especialmente. Me pareció bello y tranquilo, un lugar de postal donde solo un viejo desearía vivir.
Mi visión, casi cuatro décadas después, es totalmente distinta. Y no solo porque desde entonces esta pequeña ciudad inglesa se ha convertido en el refugio de los artistas que huyen de Londres. Me atrae su apacible paseo marítimo frente a las playas pedregosas, la alegre lentitud de la vida aquí, las tiendas de vinilos, las librerías y los anticuarios donde puede encontrarse cualquier cosa.
Me imagino perfectamente viviendo aquí, cosa que puede significar que me he convertido en aquel viejo que despreciaba en mi adolescencia. Y, acto seguido, pienso: ¿En cuántos otros lugares podría haber vivido? Tal vez demasiados, y cada uno de ellos encierra una existencia que nunca sabré cómo habría sido.
Aunque viajo constantemente por trabajo y he visitado unos setenta países, nunca he residido más de seis meses fuera. Mi campo base siempre ha sido Barcelona. Estas son algunas aventuras que podría haber vivido de haberlo abandonado todo para empezar de nuevo en otro sitio:
- Hay un Francesc que vive en Atenas, tras enamorarse a los veintipocos de una griega y, por añadidura, de la gente cariñosa de este país. Ha aprendido el idioma y a saber qué oficio ha desarrollado para ganarse la vida. Sin duda, no escribe libros.
- Otro Francesc se mudó a una granja al norte de Noruega al ser aceptada su solicitud, cursada poco después de la mayoría de edad. Allí se ha convertido en un ermitaño que pinta auroras boreales y compone en un viejo piano. (En realidad, aquella solicitud mía fue rechazada por la organización en 1988, aceptando en cambio a un amigo mío que mandó su carta a última hora y que no hablaba inglés. Él nunca llegó a ir porque encontró novia antes.)
- Un tercer Francesc se quedó a vivir en Alemania. Después de cursar un semestre de filología allí, decidió acabar los estudios en el país. Hoy tiene familia en una casa a las afueras de Münster, y quizás ha logrado ser profesor de algo en la universidad.
- Otro Francesc fijó su residencia en Tolmin, en los Alpes Julianos de Eslovenia, para luego trasladarse mucho más al sur, en el corazón de los Balcanes donde siempre se ha sentido en casa. Desde allí traduce libros y realiza otras tareas editoriales, además de tocar con bandas locales.
Paro aquí, porque este ejercicio podría no tener fin. Hay tantos lugares que me han robado el corazón y donde me he dicho, al menos una vez, «podría vivir aquí», que las existencias no vividas serían muchísimas más que las que tiene ocasión de conocer la protagonista de La biblioteca de medianoche.
Y lo cierto es que no tengo ninguna nostalgia ni frustración por no haber seguido aquellos caminos que proyectaba mi imaginación. He vivido mil otras cosas y, andando siempre de aquí para allá, me doy cuenta de que el lugar donde resida da exactamente igual.
Mientras yo siga siendo el mismo, viviré cosas parecidas en cualquier punto del globo donde me encuentre. Esté en Japón, en la India o en Nueva York, me encontraré con personas que serán un reflejo de quien yo soy en ese momento. Una ciudad o incluso un país es solo el envoltorio de lo que te sucede. La vida es la gente, como cantaba Bill Fay.
Hace unos meses, un viejo amigo embajador me preguntó cómo me sentía cuando estaba en Barcelona, sabiendo que gran parte del año estoy viajando, y le contesté: «Me siento de vacaciones, porque aquí están mis amigos y muchas cosas que me gustan de la vida.»
Con todo, algo me dice que en un par de años viviremos a cierta distancia de la ciudad, no muy lejos, pero a salvo de las multitudes que abarrotan el centro. En Sitges, por ejemplo, que es el Brighton de Barcelona (como lo es Santa Barbara para los de LA).
Te invito a que hagas la lista de todos los lugares en los que alguna vez soñaste vivir. ¿Qué aventuras podrías haber corrido allí? Y, puesto que el ser humano va con la casa a cuestas, como decía Kavafis, ¿qué te impide llevar aquí donde estás esa vida soñada?
¡Feliz semana!
Francesc
PD. En la cabecera, playa de Brighton agosto de 2026 (foto de Anna Sólyom)