El mejor regalo que te puedes hacer

Buenos días,

Después de haberlo empezado a leer hace años, recientemente terminé en Panamá el libro Creía que mi padre era Dios. Se trata de una antología de 180 historias reales que Paul Auster seleccionó de los oyentes de un programa de radio que dirigía.

Como es natural, muchas de estas anécdotas no son emocionantes ni tampoco sorprendentes, aunque sean retratos de la vida en América. Otras me han dejado un recuerdo imborrable. Hay cinco o seis que guardo y que he contado en alguna sobremesa.

La última me viene a pelo en esta época, puesto que de aquí un par de días es mi cumpleaños.

A partir de cierta edad, la cosa de los regalos se vuelve complicada. Uno ya tiene todo lo que necesita y, a no ser que preguntes directamente, es muy difícil acertar, por ejemplo, el libro que el cumpleañero desea leer. Por no hablar de las prendas de ropa. Más vale regalar una botella de vino o un whisky, si la persona bebe, ya que al menos se le dará uso. O un bono para un cine que frecuente.

Yo suelo insistir en que no me regalen nada, pero otra cosa es: ¿qué te regalas a ti mismo para celebrar una vuelta más alrededor del sol?

He encontrado una muy bella respuesta hacia el final de la antología de Auster. En la historia «A orillas del mar» una chica explica el regalo que se hizo al cumplir los 25 años.

Empeñada en que aquella celebración sería diferente, sin avisar a nadie subió a su coche para hacer carretera. No tenía otro plan que dejarse llevar por la inspiración del momento.

Quería celebrar su cumpleaños consigo misma, así que cogió el dinero que tenía en casa y fue conduciendo sin rumbo con una sensación de euforia. De manera random, solo porque le había llamado la atención un rótulo, acabó parando en una pequeña aldea de playa.

Se inscribió en un hotelito y le dieron una habitación frente al mar. Bajó a la caleta y, tras comprarse un traje de baño, estuvo tomando el sol y charlando con desconocidos. Se compró un sándwich y una bebida, y pasó la tarde en la playa a su aire, leyendo una novela.

Antes de volver al hotelito, se dio un largo baño al atardecer. En lugar de salir a cenar, como habría hecho de haber viajado con una pareja o con amigos, hizo lo que de verdad tenía ganas de hacer: permanecer en la habitación para seguir leyendo, mientras se acababa lo que quedaba de bocadillo.

Previamente a eso se metió en la vieja bañera y prendió incienso. Luego se fue con su libro a la tumbona que había en el balcón. Compaginaba la lectura con la observación del cielo estrellado. En palabras de la joven, que se llama Tanya:

«Aquella fue la mejor sensación que he experimentado en toda mi vida. No dependía de ninguna otra persona ni de ninguna cosa, así que nadie podía arrebatármela. Era mía y procedía de una fuente que jamás se agotaría. Nunca me había sentido así

Después de dormir como un lirón y de regalarse un buen desayuno y luego un almuerzo, emprendió el regreso a casa. Termina así su relato:

«Había estado fuera veinticuatro horas. Aquella tarde, cuando mi coche me condujo de vuelta a casa, supe que algo había cambiado dentro de mí. Algo que jamás me abandonaría.»

Esta experiencia tan luminosa como cotidiana resuelve la cuestión que da título a esta Monday News. ¿Cuál es el mejor regalo que te puedes hacer? La respuesta está clara: tiempo para ti.

¡Feliz semana!

Francesc

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