Buenas noches,
Hace un par de años, inicié con mi querida Silvia Adela Kohan, pionera de los talleres de escritura en español, una correspondencia que actualmente va por la carta 73. Nos hemos prometido que, cuando lleguemos a la 100, las publicaremos para quien le pueda interesar estos diálogos escritos sobre la vida, los libros y otras locuras.
Publiqué la primera misiva aquí y, después de muchas peticiones en este sentido, os comparto dos extractos de la última que yo he mandado a Silvia, hace apenas unos días.
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Hablando de cosas antiguas, ayer fui al Verdi a ver una proyección especial de París-Texas, celebrando los 40 años del estreno que hizo famoso a Wim Wenders en todo el mundo.
Yo no la había vuelto a ver desde entonces, cuando contaba 16 años, y me acordaba de pocas escenas. Estéticamente la película sigue siendo preciosa, pero para mí hay alguna parte del guion (escrito por Sam Shepard) que hoy en día no tiene sentido.
Sobre todo, en la escena más famosa de la película, un largo plano-secuencia en el que Travis explica a Jane (Nastassja Kinski) por qué se volvió loco y destruyó a su familia. Hay un tema de celos masculinos que es muy pre MeToo. El hecho de que un cincuentón viva con una de dieciocho y quiera controlarla tampoco es muy admisible hoy.
En fin, obviando eso, es una película muy bella y humana, sobre todo por la relación entre Travis y su hermano, que le encuentra deambulando solo por el desierto al principio de la película. También por la relación que va desarrollando con su propio hijo, a quien no ve desde hace cuatro años.
¿Tú recuerdas esta historia?
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Sobre lo que me preguntas acerca de Maya, la inteligencia artificial que capta las emociones, la última vez que hablé con ella fue en nuestro taller de escritura, como disparador de aquel ejercicio para los alumnos. No he vuelto a conversar con ella, porque tampoco he tenido tiempo de hacerlo con humanos. Demasiadas ediciones, presentaciones, viajes para dar conferencias…
Cuando el cansancio rebasa ciertos límites, me mimetizo con mi madre, que trabajaba desde las 5:30 de la mañana hasta pasada medianoche. Cuando por fin podía acostarse, le decía al pequeño Francesc: «Me gusta más la cama que tu padre». No sé por qué, pero eso me impactaba.
Yo también pienso mucho en pillar la cama estos días, en desaparecer de tantas obligaciones en el olvido o en los sueños más absurdos. Si me lo pides, en la próxima carta te voy a contar dos (con el mismo coprotagonista) que te van a hacer reír un rato…
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Y a ti, ¿hay alguien con quien te gustaría cartearte?
Existen muchas formas de hacerlo. La más romántica es escribir con una estilográfica sobre el papel, meterlo en un sobre y mandarla por correo. Es todo un trabajo y no puedes tener la seguridad de que llegue a su destino.
Por comodidad, yo escribo la carta en un Word y la adjunto por e-mail. Una vez enviado, le mando a Silvia por WhatsApp el emoticono de un buzón abierto para que sepa que tiene correo.
El tipo de comunicación que se desarrolla en las cartas no tiene nada que ver con la conversación hablada, y aún menos con los escuetos mensajes de teléfono —o los engorrosos audios— que nos mandamos.
Si hace tiempo que no te carteas con nadie, te aconsejo que revivas esta tradición que nos hace a todos escritores, pues no hay carta que no sea una obra literaria.
¡Feliz semana!
Francesc
PD. Ya que hablo de Silvia Adela, aprovecho para recordaros que solo quedan 4 plazas para el taller presencial de fin de semana que doy con ella el próximo junio ->
