El significado del dolor

Buenas tardes,

Los últimos días he tenido dos experiencias audiovisuales de signo opuesto que me han llevado a la reflexión.

Una ha sido desperdiciar con mi hijo seis horas de vida viendo la tercera temporada de El Juego del Calamar. Me ha parecido un sinsentido repetitivo, donde la única diferencia con las temporadas anteriores es que aumenta el nivel de violencia y crueldad sin razón ni enseñanza alguna.

Si un extraterrestre tratara de comprender nuestra especie en base a esta serie, concluiría que el 95% de la humanidad no tiene compasión alguna, cuando se estima que el porcentaje de psicópatas ronda solo el 1% de la población.

La serie coreana ni siquiera te da la satisfacción de poder conocer el final de la historia. Después de matar a diestro y siniestro, los malos se van de rositas (disculpad el spoiler) y se disponen a continuar con el juego en Estados Unidos, lo cual augura nuevas temporadas de violencia gratuita.

Un sentimiento del todo opuesto me ha provocado Sirat, la película inclasificable de Óliver Laxe. No tenía intención de verla tras leer en un artículo en el País que los espectadores lo pasan mal con la aventura de este padre desesperado (Sergi López) que busca en el desierto a su hija desaparecida en una rave cinco meses atrás.

Mi «bro» Andrés Pascual me convenció de que fuera a verla de todos modos, sin condicionamientos y sin buscar más información. Eso hice la primera tarde que tuve libre. Aprovechando que estaba de Rodríguez, me fui solo al cine —algo que no hacía desde hacía años—. De hecho, me costó encontrar una butaca en sala atiborrada de espectadores, algo que me sorprendió siendo miércoles.

Más allá de su belleza visual, la película es lenta y tortuosa, en consonancia con la carretera que atraviesa el desierto de Marruecos hacia Mauritania. Sigues la road movie con el corazón encogido hasta que, hacia la mitad de la historia, el primer punto de giro te hace explotar el cerebro. Nada de lo que sucede a partir de aquí lo has podido prever.

Al terminar la película, casi dos horas después, el público estaba en un silencio reverente. Las expresiones iban del «what the fuck?» al «habrá que tomar un par de cervezas para entender lo que hemos visto».

Mientras caminaba solo de regreso a casa, me sucedió algo que no recuerdo haber vivido con otra película. No puedo decir que lo pasara bien en el cine, pero estaba muy contento de haberla visto. De hecho, he estado conversando durante días sobre Sirat con otros espectadores amigos.

A diferencia del Calamar, el dolor que transmite la película de Laxe tiene todo el sentido del mundo, y es vivido desde la humanidad que nos hermana a los demás. De hecho, me ha hecho pensar en lo que Oscar Wilde escribía en De Profundis a su joven amante:

«Viniste a mí para aprender los placeres de la vida y del arte. Acaso se me haya escogido para enseñarte algo que es mucho más maravilloso: el significado del dolor y su belleza».

De todo esto va Sirat.

¡Feliz semana!

Francesc

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