Buenas tardes,
Tras diez días de presentaciones en Madras, Calcuta y Calicut (se parece el nombre, pero ambas ciudades están alejadas 2222 km), después de un acto en la universidad de Kochi, he podido tomarme dos días y medio de vacaciones, antes de seguir con la gira por Jaipur y Nueva Delhi.
Para ese descanso he elegido una ciudad de Kerala que me encanta: Fort Cochin, de ahí el chiste malo del título.
Es un lugar que me hace feliz por lo delicioso que es callejear por aquí. Las iglesias portuguesas y holandesas del siglo XVI le dan un aire colonial, que se mezcla con el barrio judío, cuya sinagoga está muy bien conservada, y los barrios musulmanes, entre muchas otras joyas.
Alrededor, todo es agua, palmeras y gente bella y tranquila que te sonríe todo el tiempo. No me extraña que Kerala, en una campaña para promocionarse, se anunciara como «el país preferido de Dios». También es el mío.
Ahora que puedo respirar, me doy cuenta de que acumulo un estrés considerable. Y no por las presentaciones multitudinarias. Lo que resulta agotador es la maratón de firmas posterior a cada acto.
La mayoría de las personas que hacen cola —a veces durante más de dos horas— son encantadoras y agradecidas, pero siempre hay quien tiene demasiadas exigencias. Una familia que llegó a la mesa me pidió una firma en el libro, luego en una libreta, después firmar tres cartulinas de colores distintos; hecho esto, las fotos: primero con el bebé, luego con todo el grupo, otra aparte con el padre de familia, que al terminar me pregunta sacando la libreta de nuevo:
—¿Y su número de teléfono, señor?
Aquí estuve a punto de estallar, mientras me preguntaba por qué diablos debería dar algo tan personal como el número de teléfono a alguien que no conozco de nada. Me daban ganas, si supiera como decirlo en inglés, de soltarle una frase típica de mi «bro» Andrés Pascual:
—Pero córtate, tío…
Shashi Tharoor, la gran estrella india con la que he compartido escenario dos veces, es más listo que yo, porque a los 45 minutos se levanta, aunque la cola siga ahí. Yo continúo con las dedicatorias y las fotos hasta que se termina la cola, algo que en Calicut vi que no sucedía nunca.
Hasta que me di cuenta de que, pasadas dos horas, la megafonía seguía repitiendo cada pocos minutos que el coautor de Ikigai estaba allí y que se acercaran a la mesa. Al final, tuve que pedir a una de las voluntarias del festival:
—Por favor, que no digan más mi nombre o no me podré ir nunca de aquí.
Hay días que termino tan agotado que siento que me va a explotar la cabeza. Sin embargo, la bondad y amabilidad de los indios lo compensan todo. De hecho, es mi gente favorita del mundo.
Cuando llego al hotel, colapsado, por IG me llegan mensajes de lectores que comparten sus fotos conmigo. Un chico joven me ha escrito hoy: «Nuestro encuentro ha sido el momento más bello de mi vida.» He recibido unos cuantos más así.
Una periodista india con la que había coincidido en otros festivales y que invité a comer en el self service de mi hotel, posteriormente me escribió que jamás olvidaría la charla que habíamos tenido.
¿Quién tiene derecho a sentir fatiga con tanta generosidad y cariño?
Cuando estás solo en un país tantos días—16 esta vez—, acabas sintiendo que nunca te irás de aquí. Y de alguna manera es así. Desde la primera vez que vine a la India, siempre me he sentido en casa. Quizás sea porque la calidez de la gente me hace sentir acogido y me devuelve la fe en la humanidad.
Gracias a tod@s por estar aquí,
Francesc