
Buenas tardes,
En 1993, Paul Auster publicó EL CUADERNO ROJO, donde consignaba muchas casualidades significativas que habían tenido lugar en su vida y en la de sus amigos. Sin intención de competir con este maestro del azar, me atrevo a afirmar que yo podría escribir una antología de mis sincronicidades con el doble de páginas.
Hay algunas nuevas que quiero contar, pero por su extensión necesitaré hacerlo en dos entregas, de la que hoy tenéis la primera.
Esta historia extravagante tiene que ver con un amigo con el que estoy profundamente conectado, como si un hilo indestructible nos uniera. Desde que nos conociéramos en una emisora de radio, hace cuatro años, la vida quiere que coincidamos en todas partes.
En mi último viaje a Londres, él había aterrizado allí por azar. Debido a la guerra en Oriente medio, se había quedado colgado en la India, sin posibilidad de hacer escala en Dubai para regresar a Barcelona. Tras doce días de espera, acabó encontrando un vuelo a la capital británica el último día que estaba yo allí. Hasta aquí, nada especial. Una simple casualidad, pero sigamos…
Ayer por la noche vimos el fútbol juntos y nos despedimos como si tuviera que pasar mucho tiempo hasta la próxima cita, pero el destino tenía prevista otra cosa.
Esta mañana he ido al programa matinal de una radio a hablar sobre los peligros de la IA para los escritores. Me han programado para estar de 11:40 a 12:00, cuando entraba el siguiente invitado que era… nuevamente mi amigo.
No tenía la menor idea de que él iba a estar allí, puesto que ayer no me lo dijo. Ambos hacía meses que no íbamos presencialmente a esta emisora y el azar ha querido que nos convocaran, por separado, uno tras otro el mismo día.
—Tú aquí otra vez… —nos hemos dicho al vernos en el pasillo del estudio.
Otra casualidad, no pasa nada. Solo son dos anécdotas, porque lo realmente friki es lo que contaré a continuación. En una ocasión, este mismo amigo me dijo:
—¿Sabes, Francesc? Yo puedo saber perfectamente cuándo una novia me va a dejar, porque antes suceden dos cosas, siempre las mismas y en el mismo orden.
Me pirran estos asuntos, así que le pedí que me lo contara sin más demora. Sabía que últimamente había tenido varios cambios de pareja, y no porque él lo deseara. Lo que no imaginaba era que yo formara parte de la ecuación.
—Antes de que una mujer me diga que no quiere verme más —explicó muy serio—, sucede lo que te contaré. Ha ocurrido ya dos veces del mismo modo, y no descarto que pueda pasar una tercera…
Todo oídos, a continuación, escuché lo siguiente:
—Con las últimas dos novias ha habido el mismo modus operandi: en ambos casos, me he comprado una chaqueta nueva. Me la pongo para salir de paseo con ella y, en el camino, nos cruzamos contigo, que te paras un minuto a conversar.
Haciendo memoria, recordé que, en efecto, los últimos meses se habían producido dos encuentros así. Uno había sido en la calle Tallers y él iba de la mano de una mujer, mientras en la otra llevaba a su perro de la correa. Yo no había advertido que estrenaba chaqueta. Luego hubo otro encuentro en el que me presentó a otra chica, con o sin perro, ya no me acuerdo. Y por lo que parece, volvía a estrenar chaqueta.
—Ambas veces, aquella misma noche mi pareja me comunicó que lo nuestro no iba a ningún sitio y que me dejaba.
Compungido, le pedí que la próxima vez que se compre una chaqueta me lo haga saber. Prometo no salir de casa aquel día.
¡Feliz semana!
Francesc
PD. En la imagen de cabecera, fotografía tomada en Okinawa cuando nos documentábamos con Héctor García para escribir Ikigai.