La brújula de las sincronicidades II

Buenas tardes,

Tal como prometí la semana pasada, con esta segunda entrega terminamos —por ahora— con mis últimas sincronicidades. Las que contaré esta semana tienen que ver con el mundo editorial.

Hará unos meses, me invitaron a participar en una charla delante del público. Mi contertuliana era una mujer joven, madre de tres hijos a los que educa en casa, que enseña a ver sin usar los ojos. Tal vez porque somos de planetas diferentes, fue una conversación muy agradable y amistosa.

No hace mucho, esta misma chica me contactó por si podía aconsejarla acerca de una propuesta que le había hecho una gran editorial. Junto a su marido autopublicaron un libro sobre la visión extraocular o intuitiva, como también se denomina, y al ganar relevancia pública les ofrecían publicar y distribuir en uno de sus sellos.

La cité en el café del Hotel Regina, en la calle Vergara —en catalán, Bergara—, que es donde suelo quedar en el centro.

Cuando ella llegó, con una sonrisa de oreja a oreja, me dijo:

Ni siquiera necesito hablar contigo para la decisión que debo tomar. Me ha propuesto publicar la editorial Vergara, del grupo Penguin, y tú me citas en la calle Vergara. Por lo tanto, la respuesta es «sí». 

La sincronicidad había hablado antes que yo.

En otro orden de cosas literarias, a principios de año inicié mi «reto de los 100 días», que consistía en escribir diariamente una novela de amor que tendrá cerca de 500 páginas. Pasados los primeros cien días, seguí escribiendo y tengo previsto terminar justo antes de San Juan.

Como en todo gran proyecto, al principio dudaba de si tenía sentido poner tantísima energía en un libro que aún no tenía editor. Sin embargo, la sincronicidad acudió nuevamente para darme el «sí».

Quería abrir la novela, que narra las idas y venidas de dos personas muy distintas a lo largo de medio siglo, con una entrada de texto sobre los amores a destiempo. Una amiga me propuso que hablara de un concepto que no había oído en mi vida, pero que hace referencia a eso: a sentirse siempre fuera de lugar, de situación y de tiempo.

Busqué este misterioso término en Google y descubrí que fue inventado el 2021 por un joven artista llamado John Koenig, autor del Diccionario de tristezas sin nombre.

Antes del capítulo 1 de mi historia de amor, escribí, por lo tanto, una entradita sobre este sentimiento de ser un alien en tu propio mundo, citando el neologismo, a John Koenig, de quien nunca antes había oído hablar, y su libro.

Al principio de la novela, el protagonista tiene nueve años. Es hijo de porteros y pasa muchas horas solo en el mostrador de conserjería, imaginando que es el panel de mando de la Base Lunar Alfa, pues su serie favorita es Espacio 1999. Solitario y melancólico, se identifica con los protagonistas, que vagan a la deriva en el espacio tras explotar unos residuos nucleares almacenados en la cara oculta de la Luna.

Antes de conocer a la hija de unos nuevos inquilinos que le cambiará la vida, el chico se siente como el comandante de esta colonia de 311 náufragos del espacio.

Yo mismo, a la edad de este niño, en 1977, adoraba a este personaje interpretado por Martin Landau, pero nunca supe cómo se llamaba en la serie. Al buscarlo en Wikipedia para mencionarlo en la novela me quede de piedra: John Koenig.

No es un nombre común, y yo lo desconocía en ambos casos antes de ponerme a escribir la novela. Que apareciera dos veces en dos personas distintas con una separación de pocas páginas era un mensaje claro: «sigue escribiendo, chico».

Las sincronicidades con este proyecto no terminan aquí. Este soñador hijo de porteros que se acabará enamorando de la hija de un embajador vive en una calle estrecha y pendiente de Sant Gervasi, igual que yo hasta los 27 años. En esta novela hay un 50% de biográfico, sobre todo por lo que respecta a situaciones y escenarios.

Muy poca gente conoce esa calle, y yo nunca había coincidido con nadie que haya vivido allí. Hasta ahora.

Tras completar las primeras 110 páginas, las envié a una editora a la que no conocía personalmente, pero valoro los libros que publica. Cuando pudo leer la muestra, me escribió para decirme que le gustaba mucho y me contaba una sincronicidad alucinante.

Me confesó que ella ha vivido en esa misma calle en tres etapas de su vida y en tres apartamentos distintos, lo cual es extraordinario. La primera vez cuando, tras empezar a trabajar, se fue a compartir piso con unas amigas. La segunda, en un apartamento distinto, pero sin cambiar de calle, tras casarse. La tercera, en otro piso allí mismo después de separarse, donde sigue residiendo hoy en día.

Entre las 4.704 calles que hay en Barcelona, ¿qué probabilidad había de que la primera editora que leyera mi novela hubiera vivido por partida triple en la desconocida calle del protagonista?

Ahí lo dejo.

¡Abrazos y feliz semana!

Francesc

PD. Del 20 al 26 de este mes estaré en el Tibet en un viaje muy especial que relataré más adelante. Si eres amigo y me escribes un whatsapp esos días, que sepas que ahí no funciona. Contestaré a partir del 27.

 

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