Buenas noches,
Escribo desde el último tren de Zaragoza a Madrid, tras haber visto en el auditorio de la capital aragonesa al Dr. Manuel Sans, que desde hace un par de años se ha convertido en una rock star del desarrollo personal. De hecho, su libro sobre la Supraconciencia fue el más vendido de Amazon semanas antes de sus salida, de tantos lectores que lo habían reservado. Todo un fenómeno.
El tema de este cirujano catalán de larga experiencia —las experiencias cercanas a la muerte y la supervivencia del alma— no está dentro de mis intereses. Tal vez porque yo soy de esos tipos que tenían el póster con el platillo volante y el mensaje I Want To Believe (“quiero creer”).
Desde muy joven perseguí los fenómenos paranormales, haciendo la Ouija, entrando en cementerios a grabar cacofonías o subiendo a Montserrat para avistar ovnis. Nunca vi nada.
Más adelante en la vida, murieron personas muy importantes para mí y deseé ardientemente que establecieran algún tipo de contacto conmigo, aunque fueran señales sutiles para indicarme que siguen aquí de algún modo, que sus partículas y su conciencia no se han fundido con el cosmos. Pero nada.
Una amiga creyente me asegura que la culpa es mía, pues soy tan racional y descreído que no dejo espacio para que Dios o los difuntos me hablen. No te puede llegar el mensaje si no estás escuchando, me dice.
En todo caso, siempre me han fascinado los casos de éxito y me gusta estudiarlos, así que acepté la idea de mi compañera de viajar a Zaragoza para ver la conferencia de este médico. La razón de venir hasta aquí es que las entradas a sus charlas estaban agotadas en todas las otras ciudades, incluyendo las de Barcelona (en un teatro que, por cierto, está a cinco minutos a pie de nuestra casa).
Nada más entrar en el auditorio, bello y moderno con techos de madera, me impresiona que está abarrotado de gente, tal vez más que si viniera a tocar una estrella mundial de la música.

La puesta en escena es austera: un sillón, una mesita y un vaso de agua. Cuando el Dr. Sans aparece, el auditorio ruge de emoción y le dedican un aplauso atronador. Cualquiera se amilanaría ante tanto público y expectación, pero una de las ventajas de la edad es que permite afrontarlo todo con templanza.
A sus 81 años, Manuel Sans arranca con una clase magistral que durará hora y cuarto, con 45 minutos posteriores de preguntas del público. No solo se le ve esbelto como un chaval. Su discurso es ágil y estructurado, con voz clara y un orden de ideas que lleva al público de la mano. Combina ciencia con sus propias opiniones y el punto justo de humor.
Establece analogías bonitas entre la Física Cuántica y el Más Allá, algo que haría enfadar a más de un científico de los que conozco. Pero lo hace con su propia lógica, sin soberbia.
Hay cosas que dice con las que estoy de acuerdo, y con otras no. Yo no creo que haya un plan divino en todo lo que sucede, ni que un niño decida que ha de morir a los tres años atropellado por un coche. La suerte y la fatalidad son ingredientes de la vida, aunque busquemos consuelo con ideas del tipo: “Era tan bueno que Dios lo quería a su lado” o “Ya había completado su evolución y ahora necesita empezar otro ciclo”.
Respeto a quien piense así, pero a mí me resulta imposible hacerlo. Veo la vida como una combinación de amor y caos, dos ingredientes de la gran explosión del universo. Un malvado o un idiota puede morir en paz a los cien años, y un joven portento perderse en la flor de la vida, con todo aún por dar.
No todo tiene un porqué, a veces simplemente es cuestión de azar, de buena o mala fortuna, aunque le busquemos el sentido a todo, como decía Frankl. En nuestra mano está solo darle un para qué, utilizar la suerte o la desgracia para algo útil, aunque sea aprender.
Fuera de eso, nadie sabe nada, y yo tampoco.
De esta velada me llevo la admiración por el talento y amabilidad de este médico que está haciendo bien a miles de personas que temen a la muerte o que han perdido recientemente a seres queridos. Y si el entrelazamiento cuántico les ayuda a confiar en que se reencontrarán con las personas amadas, bienvenida sea esa creencia.
Independientemente de lo que yo considere, celebro el éxito que están teniendo actualmente personas de su edad, pues también Gabor Maté se ha hecho famoso a los ochenta. Diez años antes, solo lo conocían los expertos en trauma y adicciones.
Esto me da la razón en un debate que tuve con una amiga editora. Yo le aconsejaba que publicara a un autor que estaba escribiendo una obra magnífica y novedosa. Ella me vino a decir que era demasiado viejo, que si no había triunfado ya con sus libros anteriores, tampoco lo haría ahora.
Felizmente, el libro se reeditó varias veces y obtuvo unas cuantas traducciones, mientras el autor era reclamado en todas partes. Aún hoy va de aquí para allá como una peonza, hablando de ese tema. Se ha convertido en un long seller.
El éxito ha dejado de ser patrimonio de los jóvenes. Viva los viejos rockeros o, como los llaman en inglés, los late bloomers. Tal vez porque han florecido más tarde, tienen la sabiduría de toda una vida para entregar.
Con mucho cariño,
Francesc