Buenas noches,
Hace unas semanas estuve dando conferencias por Chile, invitado por Claudio Engel, empresario y filántropo que se ha propuesto crear el primer gran museo de arte contemporáneo latinoamericano de su país. Para ello donará su colección, de más de mil piezas, y pagará de su bolsillo la construcción del imponente complejo, tras un concurso público entre cientos de arquitectos.
Cuando tratas con alguien que está acostumbrado a proyectos de esa envergadura, es inevitable sentirse abrumado al principio.
Nos conocimos ya en Barcelona, donde le invité a comer a mi restaurante favorito y nos regalamos los últimos libros que cada uno había descubierto. Una vez en Chile, en lugar de enviar a un chófer, acudió él mismo a recogerme. Afable y gran conversador, me preguntó por un montón de detalles de mi vida en Barcelona.
Los dos días siguientes, di conferencias para la AFE (Asociación de Familias Empresarias) de Chile, además de atender a algunos medios. La noticia de que estaba en Santiago se extendió en las redes, y muchos lectores trataron sin éxito de asistir a estos eventos, que eran solo para socios.
Al recibir muchos mensajes de frustración, me ofrecí a atenderlos en el hotel en mi único hueco libre. Era una hora en la que la gente está trabajando, así que se presentaron siete esforzados lectores, a los que invité a café en el bar del lobby. Hicimos un círculo para charlar amistosamente, y compartimos historias de vida que me hicieron tan feliz a mí como a ellos.
La mañana de mi partida, Claudio Engel volvió a acudir al hotel para llevarme en su coche al aeropuerto. La noche anterior, yo había cenado en su casa con algunas de las grandes fortunas del país. Humilde y dicharachero, se había enterado de mi recepción informal la tarde anterior y quería saberlo todo sobre quienes habían acudido.
Cuando digo todo, significa que le interesaba cualquier detalle de las vidas que se habían contado alrededor de aquella mesa. La conversación que mantuvimos en el trayecto en coche tuvo pinceladas así:
F — Había un médico traumatólogo, especialista en el hombro, que a sus 49 años tiene ya un nieto de diez años.
C — ¿Y eso cómo es posible? ¿Dónde trabaja ese médico?
O bien:
F — Una mujer joven contó con gran entereza que vivió más de diez años conectada a una máquina de diálisis, hasta que su hermana le donó un riñón. Ha nacido de nuevo, aunque a veces tiene problemas con los medicamentos contra el rechazo. Su marido es pediatra de un hospital, y ella prefiere que se dedique a los niños enfermos en lugar de estar por ella, por mal que se encuentre.
Conmovido, Claudio se interesó también por conocer a fondo esta historia, al igual que la de todas las personas con las que compartí el café.
Para mí, este interés por lo humano, por personas a las que probablemente jamás conocerás, muestra la calidad de una alma extraordinaria. Se puede lograr grandes cosas en la vida, pero yo valoro a quien trata con cariño a un camarero, a un anciano en la calle, a un niño que te sonríe en el tren.
Aplicando la ley de Pareto, he calculado que solo un 20% de la gente es verdaderamente amable. Hay personas correctas, educadas, justas… pero solo 1 de cada 5, según mi estimación, hace del amor a los demás su forma de vida. Y Claudio Engel —en alemán significa «ángel»— es uno de ellos. Por eso, acabados los encuentros en Chile, nos seguimos tratando como amigos.
A principios del siglo pasado, calculaba Vilfredo Pareto, el economista italiano que dio nombre a su ley, que el 20% de los italianos producían el 80% de la riqueza del país. También en la gran empresa humana, creo que ese 20% de personas genuinamente amables, cercanas y generosas salvan el mundo de hoy cada día antes de acostarse.
Gracias por estar y por compartir.
¡Feliz semana!
Francesc