
Buenas noches,
Hace apenas una semana que regresé del Festival de Literatura de Shillong, en el estado indio de Megalaya, que significa «la morada de las nubes». Es una parte del país muy poco conocida, al nordeste del subcontinente, debajo de Bután.
En el mapa se puede ver cuán lejos es:

No sé cuántas veces he viajado a la India para participar en eventos literarios, pero Megalaya era desconocida para mí, así que acepté ir. Debo decir que es uno de los lugares más bellos que he conocido en mi vida.
Viajar a la India es, eso sí, bastante estresante. En los aeropuertos hay incontables controles (de hecho, el ejército no te deja acceder a la terminal si no les muestras un billete confirmado) y en el control de inmigración pueden interrogarte durante largo rato sobre tus intenciones en el país: por qué has venido, dónde quieres ir exactamente y cuándo piensas marcharte.
A veces me dan ganas de decir al oficial: «Sois casi 1500 millones de habitantes. ¿Os va de uno?»
Por supuesto, que nunca respondo así y contesto pacientemente a todas las preguntas. Debo decir que la gente de India, incluyendo a los policías, es la más amable y cariñosa que conozco. Eso lo puedes comprobar en un detalle sutil pero significativo: en este país, cuando sonríes a un desconocido, te devuelve la sonrisa.
Si pruebas a hacerlo en Occidente, casi siempre te girarán la cara con expresión de disgusto.
Algunos lectores indios tienen, eso sí, curiosas costumbres cuando vienen a que les firmes el libro y a hacerse una foto. En el festival de Shillong, ciudad llamada «el Kioto del Oeste» porque tiene árboles de sakura, uno de ellos me dijo:
—¿Me puede dar su número de teléfono? Le prometo que no le llamaré ni le escribiré nunca.
Tras lo cual, yo pensé: «Entonces, ¿para qué quieres el número».
Cosas raras que pasan en la India, aunque lo más extraño para mí, acostumbrado al relativo anonimato en mi propia ciudad, es que me reconozcan en cualquier rincón del país, empezando por los camareros.
Para muestra un botón:
En una de las pocas escapadas que pude hacer por Megalaya, pedí al chófer que me había ofrecido el festival que me llevara a ver las Cascadas del Elefante, llenas de familias indias que se visten con el traje tradicional Khasi (como yo en la foto que sigue, donde parezco el padre de Sandokan), y el bosque sagrado de esta tribu.

A Mawphlang solo se puede acceder con un guía aborigen, que te explica, por ejemplo, que tradicionalmente solo podían entrar hombres con barba o bigote. Ningún imberbe tenía permiso para pisar las profundidades de este bosque.
A lo largo de la ruta, por oscuros caminos entre el follaje y los árboles, me pararon dos veces otros caminantes para hacerse fotos conmigo. Uno era un grupo de universitarias que me dijeron:
—Tu libro está en cada casa de la India. De hecho, Ikigai es el libro favorito de los indios para hacer un regalo, ¿no lo sabías? Al entregar vuestro libro, regalamos propósito a la persona querida.
En Mawphlang fui interceptado cariñosamente por segunda vez por unas australianas con raíces familiares en la etnia Khasi.
Mi vida en Barcelona es muy discreta, así que es raro viajar a un país donde te tratan como a una celebrity y donde te riñen, incluso, por ser «demasiado modesto», como muchas veces me dicen en la India.
Cortesía del festival, pasé los últimos dos días en una bella casa de madera delante de un lago (ver cabecera), donde pude recuperarme de tanta sociabilización. Con todo, no me pesa, porque los indios son mi gente favorita del mundo.
En cualquier rincón de este enorme país donde esté, siempre me siento en casa.
¡Feliz semana!