Buenas tardes desde Calcuta,
Desde que llegué a la India para un tour literario por cinco ciudades que pienso en mi abuelo materno. A su manera, fue un genio, porque en toda su vida logró trabajar solo un año, si es que llegó a tanto. Fue en la inmediata posguerra, repartiendo cartillas de racionamiento. Después de eso, vivió de su esposa, que era portera de una finca, hasta que pudo vivir de sus ocho hijos.
Tras fallecer mi abuela, a quien no llegué a conocer, vivió el resto de su existencia en una pensión del centro de Barcelona y desayunaba y comía de restaurante, cuando no lo hacía en casa de algún hijo. Su actividad era salir con su cámara —siempre fue un fotógrafo amateur— o escuchar zarzuelas en un enorme radiocasete que tenía en su habitación.
Hacia el final de su vida, le tocó una cantidad notable en la lotería y se echó una novia de veinte años, que le abandonó en cuanto se acabó el dinero.
Si alguien preguntaba a mi abuelo por qué no había vuelto a trabajar desde el 1940, él decía que no podía hacerlo porque padecía neurosis. A saber qué entendía él con eso.
Los domingos venía a almorzar a nuestra casa y a mí me encantaba charlar con él. Como es natural en un hombre tan ocioso, mi abuelo tenía siempre mil anécdotas que contar, además de sus propias teorías de la vida. Una frase que repetía a menudo era: «La suerte no es para quien la busca, sino para quien la encuentra.»
Comprobé la verdad de esta máxima al empezar a trabajar en el mundo editorial. He conocido a escritores que se han dejado la piel para intentar ser famosos, pero la fortuna no les ha sonreído. Otros, en cambio, han triunfado a la primera, a veces con un esfuerzo modesto.
Como sherpa literario, he guiado a más de una autora que no había escrito un libro en su vida y, tras redactarlo relajadamente en tres meses, le ha llegado un enorme éxito. Cientos de miles de ejemplares vendidos y a veces decenas de traducciones.
Se puede decir que a estas autoras —casi siempre han sido mujeres— la suerte las encontró, aunque la diosa Fortuna suele fijarse en las personas con un gran talento natural y que, además, tienen el don de presentar el tema adecuado en el momento adecuado. En esto último, reconozco haber influido.
En cuanto a mi propia carrera como escritor, el éxito no me llegó de la noche a la mañana. Mis primeros bombazos llegaron tras una década picando piedra. Una década que equivale a medio siglo, porque siempre he escrito cuatro o cinco libros al año.
Ciertamente, yo deseaba vivir de esto, pero nunca he querido ser famoso. Aún hoy, me sorprende hablar en un teatro delante de 1200 espectadores, como tuve que hacer anteayer y ayer en Madras (Chennai). Es un destino que no he elegido —prefiero trabajar entre bambalinas—, pero que acepto con gratitud. Sobre todo, por los cientos de lectores que luego hacen cola durante dos horas o más para que les dedique un libro. Cualquier esfuerzo vale la pena por personas tan pacientes y cariñosas.
Debe de ser la cuarta o quinta vez que voy a la India para festivales de literatura. Reconozco que esta vez tenía pocas ganas de venir por una experiencia desagradable que viví el año pasado.
Como puede verse en la película Aventura en Marruecos (en inglés se titula Lonely Planet), los escritores pueden ser muy crueles cuando se juntan en sus pequeñas mafias. Y, normalmente, cuanto menos éxito tiene el autor, más arrogante es.
No entraré en detalles de lo que me sucedió el año pasado, porque es una tontería, pero el literato en cuestión se dedicaba a desairar a todo el mundo, como si así ganase importancia. Solo como muestra, cuando el joven equipo del podcast oficial del festival le pidió una entrevista, se negó en redondo y le dijo a la asustada estudiante:
—No te la concedo porque dudo que tengas preparación para entrevistarme. Luego las tonterías que me preguntes quedarán en las redes para siempre. Por eso mi respuesta es «no».
Al regresar a Barcelona, vi que quien se conducía con esta soberbia tenía en su blog menos de cincuenta seguidores.
Por experiencias con personajes como este, nada más llegar a Chennai yo quería encerrarme en la habitación para cenar, como hace Laura Dern en Lonely Planet. No quería exponerme a la grosería de algunos autores —por supuesto, de todo hay— que no te perdonan que vendas mucho más que ellos.
Sin embargo, la primera noche bajé a cenar por respeto a los organizadores del festival. Me sentaron al lado de un sesentón afable en mangas de camisa. Su aspecto era indio, pero hablaba con acento británico. Le pregunté qué libro había venido a presentar y me dio el título: Why We Die. Luego empezó a interesarse por mi vida.
Yo soy un curioso incorregible, así que pronto pasé a ser yo quien interrogaba a aquel hombre tímido y encantador. Me contó que era profesor y que, después de un cuarto de siglo en Estados Unidos, donde había trabajado en distintas universidades, finalmente se había mudado a Inglaterra. Al parecer, su esposa prefería vivir en un lugar más tranquilo.
Quise saber más sobre su vida en Reino Unido y confundí varias cosas que me contó, pero el hombre me corregía con gran amabilidad.
—Así que eres profesor en Oxford —le decía, admirado—. ¡Wow! Eso sí que es algo.
—No, Cambridge, te he dicho Cambridge —sonreía indulgente.
—Perdón… ¿Y qué asignatura das en Cambridge?
—Poca cosa. Alguna que tiene que ver con química y biología. Estoy sobre todo en investigación.
Al terminar la cena, Venki Ramakrishnan, como se llama el profesor, se despidió agradecido y prometió venir a verme a mi presentación en el teatro. (En la foto, tomando un taxi juntos dos días después >)

Feliz con aquella conversación tan cálida, nada más llegar a mi habitación, quise saber si aquel ensayo se había traducido al español. Descubrí que en efecto era así, bajo el título Por qué morimos. Y en la portada se destacaba algo más: Venki Ramakrishnan es Premio Nobel de Química.
Me quedé pasmado. Era la primera vez que charlaba con un premio Nobel durante una hora, y le había preguntado no pocas tonterías. Este hombre admirable en ningún momento me dio pistas de que hubiera recibido tales honores. Creo que prefiere ser tratado como una persona común y corriente.
Esta experiencia me ayudó a confirmar lo que podemos llamar la «paradoja del ego». Cuanto más insignificante es una persona, mayor altavoz exige, mientras que las almas verdaderamente grandes ocultan sus méritos.
¡Un fuerte abrazo y feliz semana!
Francesc
PD. En la foto, con Shashi Taroor, el más popular historiador de la India cuyo nombre ha sonado para presidir el país. Tuve el honor de que fuera mi contertulio en la charla sobre nuestro libro Namasté (en la India, The Four Purusharthas).