
Buenas tardes,
Quienes me conocen como viajero, saben que suelo regresar a los lugares que me han gustado, volviendo además a los mismos alojamientos donde me sentí bien.
En mi tercer viaje a Zanzíbar, esta vez junto a mi compañera, mi hijo y mi sobrino, pasamos unos días en Nungwi. Hay unos bungalows cerca de esta playa en el extremo norte de la isla que tienen una particularidad. Forman un cuadrilátero cerrado en cuyo centro hay un terreno herboso del tamaño de medio campo de fútbol como mucho.
En esta reserva privada viven una decena de sunis, una especie diminuta de antílopes que los locales llaman dik-dik, por el sonido que emiten cuando detectan una amenaza.
Del tamaño de un gato grande, llevan entre los viajeros una vida distendida, comiendo hojas que caen de los arbustos, correteando por sus confines y descansando sobre la hierba fresca.

Cuando el recepcionista me acompaña a las que serán nuestras cabañas en este tercer viaje, me señala un dik-dik que nos observa mascando una hoja y dice:
—Son tan pequeños que se piensan que viven en la selva.
Esta frase curiosa me hace pensar. El tamaño de nuestro mundo, de nuestra realidad, depende del tamaño que le asignamos. Hay quien vive casi sin límites, explorando siempre nuevas posibilidades, y quien existe entre los estrechos muros de sus miedos o prejuicios.
Las personas de este segundo grupo tienen la vida pequeña del dik-dik, ya que no ven más allá de su existencia cotidiana ni se permiten otros horizontes fuera de los conocidos. Suelen frecuentar las mismas relaciones y tener hábitos muy fijos, por ejemplo: gimnasio / trabajo / cena ante el televisor / cama (y vuelta a empezar).
Improvisan poco, porque se sienten seguros en el pequeño espacio en el que transcurre su existencia. Justamente por eso, cualquier problema menor se magnifica como si fuera la guerra mundial, igual que el dik-dik ve su terruño como una inmensa selva.
A diferencia de este raro y minúsculo cérvido, el ser humano tiene la posibilidad de hacerse más pequeño o más grande según la amplitud de sus miras. Por lo tanto, cuando te sientas atrapado o «en la rueda del hámster», como también solemos decir, te propongo que te hagas algunas preguntas:
¿Es una obligación para mí vivir esta realidad? ¿De verdad no tengo otras opciones? ¿Qué podría hacer para ir transicionando hacia prados más verdes (y extensos)? ¿Por dónde empiezo la exploración? ¿Quién me puede ayudar o servir de ejemplo?
A veces basta la conversación con alguien distinto, o la lectura de un libro inspirador para que algo haga «click» en nuestro interior y nos atrevamos a salir de la cárcel que hemos construido a nuestro alrededor.
Una vez fuera, cuando cruzas el umbral ya no hay vuelta atrás. Como el protagonista de The Truman Show, en el momento en que descubres un mundo ahí fuera, no queda otra que salir a conocerlo. ¡Feliz viaje!
Abrazos desde Zanzíbar,
Francesc
PD. Hoy Spotify me hace saber que Ikigai Café ha llegado al medio millón de visualizaciones. ¡Muchas gracias por acompañarnos! Habrá nuevos programas el 2027 (mientras tanto podéis explorar los 40 que están en Spoty, YouTube y otras plataformas) y una bonita sorpresa el 1 de septiembre.
