Lo que la vida espera de ti

Buenas tardes,

Hace unos días tocamos con nuestra banda, The Human Fish, en una bodega del Born, en Barcelona, llamada Dr. Flow. El local abrió más tarde de lo previsto, y además habían incluido un show extra antes del nuestro, con lo cual apenas se pudo probar el sonido y no hubo ensayo. 

Todos los miembros de la banda tienen otras misiones vitales, con lo que solo nos habíamos podido juntar una vez para probar lo que tocaríamos. El resultado fue que nos equivocamos en la mitad de las canciones, yo el que más. Ante la reverberación del piano acústico, que no me dejaba oír a mis compañeros, me perdía continuamente y tenía que ser rescatado por mi adorable compi Miguel Aranda.

Con todo, el público parecía pasarlo bien ante esa bola de sonido llena de buenas intenciones. Eso sí que es alternativo. Yo estaba tranquilísimo, y cuando un amigo ingeniero de sonido me dio a entender que aquello había sido un despropósito, le dije: «A veces es más divertido tocar mal que hacerlo bien.» Con todo, en el show que daremos en el Metamorfosis la noche de Sant Jordi, 23 de abril, hemos prometido dar un conciertazo con temas nuevos para compensar.

La música siempre me ha acompañado en mi vida, y me resulta muy fácil componer canciones. Sin embargo, siempre he sido un vago a la hora de practicar el piano, por lo que tengo el mismo nivel —o peor— ahora que a los 19 años, cuando empecé. Con todo, me encanta tocar con amigos y si a veces suena bien y les gusta a otros, maravilla al cuadrado. Jamás he sufrido tocando, al contrario, lo vivo con un espíritu totalmente wabi-sabi, desde la belleza de la imperfección.

Es mi diversión y mi ilusión, pero no mi ikigai. No es esto lo que he venido a entregar al mundo, aunque las canciones que he escrito desde el corazón quedarán aquí el día que no esté. Y quizás alguien quiera tocarlas.

En el extremo opuesto al bolo en Dr. Flow, esta mañana sentía una tremenda responsabilidad al entrar en el Mobile World Congress, donde había sido contratado para dar una charla sobre el ikigai en los tiempos de la IA en el Talent Arena. Es un escenario rodeado 360º de público internacional, y solo esta mañana me he dado cuenta de que se esperaba de mí que diera la conferencia en inglés.

 

A última hora he cambiado la presentación por otra en este idioma, aunque lo cierto es que uso muy pocas diapositivas. En el Talent Arena disponía de 25 minutos exactos (+ 5 de preguntas) para comprimir y entretener a un público formado por ingenieros, empresarias, desarrolladores y otros cracks de la industria tecnológica.

Estaba el foro a reventar, con más gente fuera que dentro del recinto, y al salir al escenario he descubierto que no me habían puesto un taburete, algo que pido siempre para dar conferencias, porque no me gusta hablar de pie. Tal como estaba dispuesto el público, además, tenía que ir rotando sobre mí mismo cada poco tiempo para no darles la espalda.

En suma, el evento se hacía en unas circunstancias de lo más estresantes para mi timidez natural. En medio de aquella multitud, con el barullo que me llegaba de fondo de otros actos del Mobile —me han recomendado que alce la voz en el micro para que se me entendiera—, dar una charla en inglés sin dejarme nada en el tintero, rotando lentamente por el escenario, donde cuando estoy de pie me siento borracho, parecía casi misión imposible.

Y, sin embargo, parece que es la misión para la que he sido elegido en esta vida. Actualmente, me encuentro en mi quinto ikigai —la semana que viene explicaré los cuatro anteriores—, que es ayudar a los demás a encontrar su propósito vital. Y allí había un montón de personas ocupadísimas que me brindaban su precioso tiempo para escucharme. No me quedaba otra que cumplir con mi propósito, ofrecer mi ikigai. 

Recuerdo haber empezado con esta frase: «Impresiona estar rodeado de tanta gente inteligente».

Luego he empezado a hablar de las Zonas Azules, de nuestra investigación en Okinawa, del Golden Circle de Simon Sinek y de los círculos del ikigai, de los caminos que tenemos a nuestra disposición cuando el propósito se pierde, de Nietzsche, Einstein y del sursuncorda, del arco dramático de los estudios Píxar, de la intersección entre el ikigai ideal y el real. Todo eso en 25 minutos, intentando que todo el mundo lo entendiera y se pudiera llevar a casa este pequeño taller.

Después de atender las preguntas del público, en los últimos cinco minutos, estaba agotado pero contento. La charla ha salido bien, ha sonado incluso a Ted Talk, pero más práctica e interactiva. La gente se veía feliz. 

Me he hecho unas cuantas fotos con los asistentes, he firmado libros y he dado dos o tres consejos que me han pedido unas jóvenes entusiastas. Luego me he marchado a comer con mi queridísima Silvia Adela Kohan, con quien empiezo este jueves un taller de escritura.

Por el camino, reflexionaba sobre lo misterioso que es el sentido de la vida y el propósito, que va moviendo su centro como el norte magnético en el polo. Durante unos años tu ikigai está en un sitio, luego se desplaza hacia otro, allí donde puedes ser más útil. Si estás conectado a lo que la vida espera de ti, vas a encontrarte en escenarios inesperados. 

De esto va nuestro cuarto —y seguramente último— libro sobre el tema que hemos escrito con Héctor García los últimos 15 meses, El ikigai del dinero. A partir de una docena de casos de éxito que hemos seguido paso a paso, más allá de nuestra experiencia, es un manual muy práctico y estructurado. Tanto si tú creas tu ikigai como si el ikigai te encuentra a ti, como es mi caso, explica cómo hacer de la propia pasión tu medio de vida. En suma: dedicarte a lo que te gusta y hacer felices a los demás con ello.

Como me he alargado un montón —gracias por seguir aquí— y el libro no sale hasta el 26 de marzo, explicaré algunas curiosidades la semana que viene.

¡Feliz semana!

Francesc

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