Los peligros de la cima

Buenas noches,

Domingo y lunes he estado en un hotel en lo alto de Zermatt, desde donde se ve el imponente Matterhorn, para acompañar un retiro de Ikigai organizado por la empresa Travelgems.

Llegar hasta allí fue toda una odisea. Además del vuelo hasta Suiza, pasé cuatro horas en distintos trenes hasta llegar a la pequeña ciudad alpina, donde los coches tienen prohibido circular.

Allí me recogieron en algo parecido a un carricoche de golf. Su conductor, un joven originario de Lisboa, me contó lo peligrosa que es esta montaña de 4478 metros, por si albergaba el deseo de escalarla.

Solo el pasado verano, siete montañeros perdieron la vida ahí. Según el conductor, es fácil despeñarse al vacío si tratas de subir sin guía. Basta con errar un sendero para acabar en el abismo. Desde que en 1865 un alpinista inglés coronara la cima por primera vez, el Matterhorn —o Monte Cervino— ha sido la tumba de más de 500 alpinistas.

Sabido esto, me conformo con observar este imponente cuerno de piedra desde el balcón de mi habitación.

Al retiro internacional de Ikigai han acudido 12 personas de distintos países. Niki, la organizadora, y yo seguimos un programa para que salgan de aquí inspirados y con un plan de acción concreto para llevar adelante su propósito.

Además de impartir dos talleres distintos, como el grupo es reducido me ofrezco a dar sesiones individuales en una especie de yurta junto al spa al aire libre. Es una cabaña maravillosamente amueblada donde he atendido por espacio de 15 minutos a cada uno de ellos.

Escucho toda clase de situaciones relativas al ikigai. Hay quien tiene un proyecto creativo, pero no sabe cómo arrancarlo. Problemas existenciales tras la llegada de la jubilación. Empresarios que han logrado todo en la vida y no saben cómo desengancharse de la rueda del trabajo.

Se trata de escuchar y ayudarles a ordenar sus ideas, de modo que cuando lleguen a casa sepan, al menos, cuál va a ser el primer paso a tomar. Los atiendo a todos con cariño.

Al iniciar el regreso a Barcelona, que implica de nuevo el carricoche, tres trenes, un avión y un taxi, cuando logro conectarme a internet pierdo la calma atesorada en este mágico lugar. La causa es la discusión por e-mail con un autor, a quien no conozco de nada, sobre la frase que le he mandado para su libro.

En inglés se llama “blurb” o “endorsement” un pequeño comentario, a lo sumo un par de frases, con tu nombre debajo para apoyar un libro. Se suele poner en la contracubierta o en una faja.

Hasta ahora he intentado ser generoso con este tema, pero después de la experiencia que contaré estoy pensando en no contestar más a esta clase de peticiones, especialmente cuando proceden de personas que no conozco. No importa en qué editorial publiquen.

El presente caso fue como sigue. Por algún motivo, acepté hacer esta contribución para un ensayo que saldrá en el mundo anglosajón. Al retrasarme en mi cometido, como es habitual en mí, me llegó un correo del autor en el que me proponía ya el “blurb” escrito por él. “Puedes editar este borrador”, me proponía.

Al leer la extensa parrafada elogiosa, poniendo su libro por las nubes, con mi nombre debajo, se me pusieron los pelos de punta. El estilo no tenía nada que ver con el mío; además, yo no estaba dispuesto a encumbrar con un montón de adjetivos una obra de la que solo conocía un avance y el índice.

Antes de que se complicaran las cosas, mandé mi propio “blurb” firmado por mí. Escribí dos frases con las que resumía positivamente los temas del libro, añadiendo que es un “viaje placentero” por los conceptos que el autor expone. Con eso pensé que el tema quedaría zanjado. Error.

Hoy el autor me escribe tras haber recinido mi texto. Me dice que le ha parecido corto y poco entusiasta. Propone completar mis dos líneas añadiendo unas frases pomposas donde define su libro como “maravilloso”, “iluminador” y “evocador”.  

En este punto sale el Francesc borde, el gilipollas incluso. Le digo que no aceptaré que se pongan en mi boca palabras que no he dicho yo, una opinión que yo no he expresado en ningún momento. Si no imprime exactamente lo que yo he escrito, ya puede eliminar mi “blurb” de la lista de personas a las que deben de haber molestado.

Hay aún un último intento del autor de llevarme al huerto. Me pregunta si no vi el borrador de texto propuesto en su segundo mensaje. Le digo que no acepto borradores para lo que debo escribir yo. Me pregunta si quiero leer el libro entero para reconsiderar el tema y escribir una opinión más larga y apasionada. Me lo adjunta con el mensaje.

“No voy a escribir nada distinto de lo que te he mandado ya”, concluyo muy seco. “Lo tomas o lo dejas”.

Al final, el autor se disculpa, me dice que acepta mi “blurb” y que, de hecho, todas las personalidades que han contribuido a esa página de elogios han gozado de libertad para escribir lo que quisieran. Solo a mí se me ha dado un borrador prefijado de lo que querían que pusiera a recomendación del publicista.

En Estados Unidos existe la figura del publicista de libros, un freelance que te puede cobrar unos 5000$ para ayudarte a hacer triunfar tu obra. Sin embargo, esa tarea es casi siempre misión imposible.

Así como no puedes alcanzar la cima del Cervino por mucho que pagues, a no ser que estés muy preparado, con las cumbres literarias sucede los mismo.

La magia de los libros, como del arte en general, es que nadie sabe por qué uno enamora a cientos de miles de lectores, mientras que el resto pasan totalmente desapercibidos. Hay títulos en los que las editoriales invierten miles de euros para su promoción que fracasan estrepitosamente, mientras que se venden millones de ejemplares de libros que nadie ha promocionado jamás.

Como ejemplo un botón: ahora mismo en Japón la novela más vendida es Cien años de soledad, por la magia del azar y del boca oreja. Una obra de 1967 traducida del español ocupa el nº1 de las principales listas.

En fin, esto ha sido todo por hoy, un día más que largo.

¡Abrazos y feliz semana!

Francesc

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