No, no, no…

Buenas noches,

Este lunes vuelvo a escribir desde Zermatt, un bello pueblo delante del Matterhorn (en la foto). Estuve aquí el pasado verano para dar un curso de Ikigai, que repetiremos con TravelGems el 24-25 de junio. He vuelto para celebrar el cumpleaños de mi compañera y ver cómo pinta esto en invierno.

Del balcón de nuestra casita de madera se ve, majestuoso, este pico que los italianos llaman Cervino y que, hasta que en 1865 fue coronado por un grupo de alpinistas ingleses, se consideraba imposible de escalar. Desde entonces ha provocado más 500 muertes entre los escaladores, de 3 a 4 al año.

Pero la finalidad de este post no es describir cumbres complicadas de coronar. O quizás sí, pues hablaremos del difícil arte de decir no.

En el camino al éxito, en cualquier cosa que te propongas, si te sale bien te encontrarás con un extraño cambio de tercio. En caso de que quieras ser escritor profesional, por ejemplo, perseguirás a pico y pala un «sí» que tarda en llegar. Lo que cosechas es un inmenso jardín de noes y aún más silencios.

Si alcanzas finalmente lo que te había propuesto, entonces tu bandeja de entrada se llenará de miles de propuestas que tendrás que ignorar o responder con un «no» educado si no quieres volverte loco.

A mí me llegan a diario cientos de propuestas de lo más diversas: escribir prólogos a personas que no conozco, corregir el cuento que una madre ha confeccionado junto con su hijito, dar contactos de editores, o cruzar medio mundo para asistir a una entrega de premios en la que no pinto nada.

Gestionar todo eso se lleva dos horas diarias de mi jornada, tirando corto, puesto que no tengo a nadie que conteste por mí. Los escasos —a mi parecer— síes que acabo dando se llevan el resto del tiempo. Señal de que aún doy demasiados.

De esto irá el próximo libro de Tim Ferriss, el primero en siete años del autor de La jornada laboral de 4 horas, y su título tentativo es, según anuncia en su blog, El libro del No. Ha publicado ya el prólogo y el primer capítulo, si lo queréis mirar.

Como curiosidad, cuenta que un amigo suyo aceptó ir a Dinamarca a dar una conferencia gratuita y, no contento con eso, acabó invitando al organizador a hacer vacaciones gratis en su casa de Los Angeles. Pagafantas total.

En fin, a partir de lo que sugiere Tim y de mi propia experiencia con el asunto, puedo asegurar que das pocos «noes» si…

  • Tu agenda a tres, seis y nueve meses está ridículamente llena, como la de un ministro.
  • Tienes la impresión de que los correos electrónicos crían en tu bandeja de entrada. Es decir, que por cada e-mail que contestas, te entran tres.
  • Nunca tienes oportunidad de improvisar, porque navegas en un continuo de compromisos y obligaciones.
  • Cuando dices «no» a alguien que conoces —mucho o poco— todavía te sientes mal.
  • Sientes que estás colapsado o que no puedes con tu alma.
  • Las necesidades de los demás pasan casi siempre por delante de las tuyas.

Este tema mi hermano japonés Héctor lo lleva mucho mejor que yo, y para enderezarme no hace mucho me mandó esta frase de Bill Gates:

«La diferencia entre las personas de cierto éxito y las personas realmente exitosas es que las segundas dicen no a casi todo».

Doy fe de eso, porque las poquísimas veces que se me ha ocurrido escribir a alguien a quien no conozco —porque me ha gustado su libro, su charla, una portada, lo que sea— lo que he recibido casi siempre es silencio.

Yo, en cambio, siempre trato de contestar a todo el mundo. ¿Existe algún remedio para esta enfermedad, señor Ferriss? Espero averiguarlo cuando publique su libro.

¡Abrazos y muy feliz semana!

Francesc

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