Buenas noches,
Escribo estas líneas mientras vuelo después de un retiro con personas maravillosas en el Hotel Magnolia, una iniciativa de la genial Consuelo Pfeng para llevar el ikigai a un grupo de exploradores en la capital chilena.
En los ratos libres entre la charla que se hizo en el Museo de Bellas Artes, las sesiones individuales y el taller de escritura, aproveché para terminar de leer el libro que me había llevado como amigo de viaje: El español que enamoró al mundo de Ignacio Peyró.
Si ya es raro que un erudito como él escriba una biografía de Julio Iglesias, aún lo es más que yo, que crecí abrazando el punk y el afterpunk, la lea. Decidí hacerlo después de que cuatro recomendadores distintos —la última, Care Santos— me dijeran que lo iba a pasar bomba. Y a fe de Dios que ha sido así.
Las biografías son mi género favorito, y no recuerdo haber disfrutado tanto con una desde que leyera Limónov. En algunos sentidos, esta me parece incluso mejor que la escrita por Emmanuel Carrère, porque Peyró tiene el detalle de no mezclar su propia vida con el tema del libro, como hace el autor francés.
La mirada de quien hoy es el director del Instituto Cervantes de Roma no es a favor ni tampoco en contra. Usa la sorprendente peripecia vital —muchos detalles, bien distintos a lo que se cuenta en La vida sigue igual, yo los desconocía— de nuestro crooner universal para hacer una crónica social y sentimental de medio siglo de este país.
Además de eso, toda biografía tiene un tema de fondo, el verdadero asunto del que trata el libro, más allá de cuál sea el hilo conductor.
En Limónov era la ambición. En el primer tomo de mi biografía, Los lobos cambian el río, el leitmotiv son los maestros inesperados que nos trae la vida. En El español que enamoró al mundo, como me señala mi querida Silvia Adela Kohan, el gran tema es el papel del padre en nuestro destino.
Mi amigo Víctor Amela me decía que, después de haber hecho un millar de «contras» entrevistando a todo tipo de gente, se dio cuenta de que, en realidad, casi todos querían hablar de su padre.
Tal como indica sagazmente Peyró en su libro, «Hay hombres que se hacen junto a su padre y hay los que se hacen contra él». El doctor Iglesias, que también se llamaba Julio, no solo salvó la vida a su hijo cuando estaba desahuciado. Gracias a sus contactos con el régimen, le abrió las puertas que estaban atrancadas en su camino al éxito, que estuvo trufado por golpes del azar.
Uno de los más sorprendentes es que la censura no pasó La vida sigue igual para participar en el festival de Benidorm —la canción era de Julio, pero originalmente debía cantarla un profesional—, tal vez temerosos de que «unos que vienen, otros que se van» fuera una velada invitación al franquismo para marcharse.
Quien acabaría siendo el ginecólogo de Carmen Polo hizo la llamada pertinente para preguntar algo así: «¿Qué pasa con la canción de mi hijo?» El asunto se desbloqueó de inmediato y Julio Iglesias Jr obtuvo el sello aprobatorio. El resto es historia de la música ligera.
El mismo cantante, siempre aupado por su padre, hizo justamente lo contrario con sus propios hijos, con quienes según Peyró solo se reunía cuando la prensa rosa venía a fotografiarlos en el desayuno. De hecho, Enrique Iglesias mantuvo en total secreto su debut en la música y el lanzamiento de su primer disco, sabedor de que a su padre no le haría puñetera gracia.
Yo soy de los que «se hicieron» contra su padre o a pesar de su padre, puesto que el mío tenía cero confianza en que pudiera convertirme en escritor. Sin necesidad de ser padre a los 85, espero ser como el doctor Iglesias con su propio hijo.
¡Feliz semana!
Francesc