Buenas tardes,
Escribo el post del lunes en una casita en forma de huevo que me recuerda a las de los Pitufos, en medio de la selva de Costa Rica.
Estoy aquí acompañando a mi pareja en un retiro de medicina ancestral. Debe de haber aquí unas cuarenta personas entre estudiantes y formadores, y yo soy el único que no pertenece a la comunidad. Tampoco participo en sus actividades, fuera de las comidas y de los ratos libres en los que se charla o se toca música.
El resto del día estoy tecleando en mi cabaña, mientras los colibríes cantan de forma sincopada en una sinfonía que completan los sapos, las ranas y la lluvia tropical que llega de repente con la misma fuerza que se va.
Por parte de los humanos aquí congregados, me llega el latir de los tambores y los cantos tribales con los que se saluda a los muertos o se sanan linajes, entre otras cosas que se hacen aquí.
Me siento un extraterrestre en este lugar, y supongo que ellos me ven también como un alien, un paracaidista de otra galaxia que ha aterrizado aquí por casualidad.
Como en cualquier comunidad humana, sea un sangha budista o un equipo de futbol, hay toda clase de personalidades. Desde quien se cambia de sitio en la mesa porque prefiere no tenerte delante, a la mujer que me cuenta su vida y, tras escucharla atentamente y hacerle algunas preguntas, se despide con un dulce: «Gracias por hablar conmigo». Un músico indígena, capaz de tocar dieciséis instrumentos, se acerca a quienes aún no conoce y les pregunta: «¿Cuál es tu historia?» Me parece una bella pregunta.
Suena el tambor todo el día, pero yo soy ajeno a la tribu. Para compensar, mi primer sueño aquí me lleva al más urbano de los lugares, Nueva York, donde he pasado alguna temporadas.
Me encuentro allí con mi amigo y editor Valen Bailón. En el sueño, hemos reunido 200.000 dólares y queremos comprar —ilusos de nosotros— un apartamento en la ciudad entre los dos. Nos parece una buena inversión.
Acudimos a un agente inmobiliario del West Side, que nos dice en su oficina que tiene la propiedad perfecta para nosotros. Tenemos tanta fe en él que pagamos y firmamos la compra-venta sin siquiera haber visto el lugar. Luego nos entrega las llaves y la dirección.
Cuando llegamos allí, nos damos cuenta de que está en muy buena zona, sí, pero el apartamento que ocupa unos bajos tiene solo 16 metros cuadrados.
Tras la sorpresa inicial, nos acomodamos cada uno en un rincón del pequeño loft. Decidimos quedarnos unos días para acabarlo de acondicionar y que sea más atractivo para ponerlo en alquiler. Durante los días que vivimos allí, el timbre de la puerta no para de sonar con gente que quiere vendernos toda clase de cosas, desde productos de belleza a un cambio de compañía eléctrica.
Cansados de tanto comercial, al final decidimos colgar con Valen un cartel en la puerta que dice: «Cualquier cosa que quieran ofrecernos, no llame al timbre. Puede escribirnos en esta dirección de mail: …»
En este punto me despierto. Necesito unos segundos para darme cuenta de donde estoy, entre el viento que hace vibrar las enormes hojas, graznidos de todo tipo y el tambor que suena de buena mañana para convocar a los espíritus. Como decía un antiguo anuncio de colonia: «Hay otros mundos, pero están en este».
Feliz semana,
Francesc
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