Una entrevista que nunca me han hecho

Buenas noches,

Cualquier profesión tiene partes más agradecidas que otras, y la de escritor no es una excepción.

El hecho en sí de escribir no supone un esfuerzo para mí. Es una actividad que me resultaba fácil incluso cuando era un alumno pésimo que suspendía cuatro o cinco asignaturas por trimestre. Si tocaba escribir una redacción, yo solía ser el primero en terminar. De algún modo, siento que hay un atajo muy corto entre mis pensamientos —lo que quiero decir— y la palabra escrita.

Sin embargo, a no ser que vivas escondido como Salinger después de triunfar con El guardián en el centeno, ser autor profesional implica muchas otras cosas. De hecho, escribir no es a lo que dedicas más tiempo.

Hay que reunirse con agentes y editores, corregir galeradas, aprobar portadas, ir a ferias del libro, visitar escuelas —si escribes LIJ—, atender a los lectores, participar en campañas de promoción —online y presencialmente—, lo cual incluye dar entrevistas.

Voy a hablar un poco de estas últimas dos tareas de los escritores que no viven como Salinger.

Atender a los lectores me gusta, sobre todo fuera de las redes. Cuando firmo un libro a alguien que te sonríe y te cuenta muy brevemente por qué ha sido importante para él o ella, me siento muy honrado. No me importa, incluso, que me pidan fotografías.

Los mejores contactos son los espontáneos. Hace unos días, por ejemplo, estaba cruzando la plaza Molina cuando un hombre joven se acercó y me dijo: «Te leo y te sigo en tus podcasts. ¡Gracias!» Dicho esto, levantó el pulgar y prosiguió su camino. Algo parecido me sucede a menudo cuando voy a Interior de té, mi segundo hogar en Barcelona.

Me encantan las personas que muestran gratitud y amabilidad sin apoderarse de tu tiempo. Cuando alguien te dice que lo que haces le ayuda en su vida, eso es un chute de motivación superior a verte en las listas de los más vendidos.

Las interacciones por e-mail y en las redes, en cambio, me resultan casi siempre frustrantes, porque no dispongo del tiempo que desearía para atender a cada persona como merece. Aun así, siempre trato de responder algo, aunque sea una línea para dar las gracias.

Con todo, lo que menos me gusta del trabajo de escritor, debo confesarlo, es dar entrevistas.

Cuando empezaba mi carrera, lógicamente, me hacía mucha ilusión. Recuerdo que la primera entrevista fue en un programa de Catalunya Ràdio llamado Patim, Patam, Patum. Era un espacio infantil en el que me entrevistaron sobre mi primera novela, Perdido en Bombay, que esta Navidad estará por fin disponible en castellano.

Más de 25 años después, he hecho varios miles de entrevistas —a pequeños y grandes medios, podcasts, blogs, etc.—. Tras publicar Ikigai con Héctor García, las peticiones se multiplicaron por cien y las preguntas son a menudo las mismas. Eso me aburre y me agota a partes iguales.

¿Qué es el ikigai? ¿Todo el mundo tiene un ikigai? ¿Qué consejo puedes dar a quienes buscan su ikigai?

A veces quien pregunta eso ni siquiera ha leído el libro. Simplemente ha visto entrevistas anteriores y ha tomado las preguntas que le han parecido más oportunas para repetirlas en su espacio. No obstante, mi reflexión es: ¿Para qué preguntar lo que ya se ha contestado —mil veces, además— en otros lugares? Cualquier lector que me siga me ha visto responder innumerables veces a lo mismo y va a desconectar.

Debido a esto, cuando alguien prepara una entrevista realmente original, sin inspirarse en otras anteriores, me despierto de golpe y disfruto de la conversación. Entonces siento que estoy hablando con un amigo/a, y eso posibilita que de nuestra interacción surja algo fresco y distinto.

A modo de juego, voy a responder ahora a seis preguntas inéditas. Estas en concreto no tienen que ver con mis libros, quizás por eso nunca me las han hecho en una entrevista formal:

  1. ¿Cuál fue el primer animal al que quisiste? Era un gato atigrado al que llamábamos Oli —en catalán, «aceite»— por el color verde de sus ojos. No pertenecía a nadie y visitaba las casas de un barrio del Tibidabo donde mi abuelo tenía su casa de vacaciones. Yo le quería tanto que incluso le componía canciones y se las cantaba mientras le daba comida. Un día mi tía Mary lo echó con una escoba y yo y mis primos lloramos mucho, porque no regresó.
  2. ¿De quién te enamoraste por primera vez? Creo que fue de una chica mayor que iba a la academia para torpes donde mi madre me inscribió a los 14 años. En un mismo curso había alumnos de todas las edades. Ella tendría cerca de 20 y supongo que no había tenido antes oportunidad de estudiar. Tenía la voz grave y una sonrisa muy amable y maternal. Físicamente recordaba a Mia Farrow en Hannah y sus hermanas. Por supuesto que no me hizo ni puñetero caso.
  3. ¿Cuál dirías que es tu mayor talento? Más allá de los que me atribuyen por mi profesión, me considero un buen amigo. Me gusta cuidar de la tribu. Quienes forman de ella saben que me alegro de sus éxitos más que de los míos y que, cuando las cosas se vienen abajo, pueden contar conmigo.
  4. ¿Cómo fue tu primer encuentro con la muerte? Me impactó profundamente la de mi abuela Palmira. Se parecía a Audrey Hepburn y era nuestra heroína en muchos sentidos. De hecho, la primera vez que deseé escribir algo público fue para su funeral. Escribí un poema en su honor que mi abuelo mandó imprimir en bellas postales que se repartieron en el sepelio. Aquellos versos torpes fueron, técnicamente, mi primera publicación.
  5. ¿Qué te gusta que te regalen? En general, no me gusta que me regalen cosas, porque en casa vivimos ya en un desorden que nos desborda. Si alguien me insiste mucho, entonces le confieso que tengo cierta fascinación por los rollers —un instrumento de escritura a medio camino entre el bolígrafo y el rotulador—, aunque si ahora empezaran a regalármelos, pronto no sabría dónde ponerlos.
  6. Tras haber viajado a tantos lugares y hecho tantas cosas distintas, ¿qué te queda por hacer? Hay miles de sitios que no he visto, y mi deseo infantil de visitar la Luna no creo que llegue a cumplirse. En relación con mi carrera, reconozco que me gustaría ver adaptada al cine o a la televisión una de mis novelas. Más que nada, por la curiosidad de ver cómo otra persona ha imaginado mi historia. De hecho, una vez en la vida quiero dirigir yo mismo una película.

Esta MN ha sido bastante larga…. Gracias por invertir tu tiempo en leerme hasta aquí y ¡feliz semana!

Francesc

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