Buenas tardes,
En nuestro viaje por la Costa Oeste de Estados Unidos, hoy entraremos en el Valle de la Muerte, donde las temperaturas pueden superar los 54 grados. Unos días atrás estuvimos en un hotel del parque Yosemite cuyas paredes guardan una bella historia de amor que luego contaré.
Un tema que sale a menudo en conversaciones con Rafael Santandreu es el de las «personas tóxicas». Él se opone a esta etiqueta porque sostiene que todo el mundo ha sido tóxico para alguien en algún momento o situación. Por lo tanto, habría que hablar en todo caso de relaciones tóxicas, que se dan cuando dos personas no deberían coincidir en el espacio tiempo.
Ciertamente, hay perfiles más dados a este tipo de relaciones que otros.
Si se explora la biografía de Steve Jobs, por ejemplo, en el espléndido libro de Walter Isaacson, encontraremos a alguien que daba muy mala vida a sus colaboradores y empleados. Perfeccionista y workaholic extremo, como Elon Musk, no conocía límites a la hora de presionar a su equipo para obtener resultados.
Tampoco tendría buen concepto de él su primera hija, a quien Jobs no quería reconocer y que, siendo ya millonario, recibía por parte de él una pensión alimenticia de solo 500 dólares al mes.
Estas relaciones nefastas, sin embargo, no se dieron con quien sería su esposa. Steve conoció a Laurene Powell en la Universidad de Stanford. Se casaron en 1991 y tuvieron tres hijos. Vivieron unidos y felices en Palo Alto hasta la muerte de él, en el 2011, a causa de un cáncer.
El fundador de Apple amaba profundamente a su esposa, aunque ciertamente trabajaba demasiado y a menudo tenía la sensación de que no era lo bastante agradecido y detallista con ella. Steve era consciente de lo que suponía vivir con un carácter como el suyo, además de acompañarle los últimos años en la enfermedad que le acabaría matando.
Poco dado a acordarse de los cumpleaños y aniversarios, en el veinte aniversario de su boda, pocos meses antes de morir, Jobs le preparó una sorpresa.
Quería llevarla al mismo hotel donde se habían casado, el Awahnee del Yosemite.
Este hotel viejo y señorial donde logramos alojarnos hace unos días —hice la reserva hace medio año— está casi siempre lleno. Por este motivo, cuando Steve llamó le informaron de que lamentablemente estaba completo. El hombre no se dio por vencido y logró contactar con las personas que habían reservado la suite que él y Laurene habían ocupado al casarse. Al saber lo importante que era para él, aceptaron que Jobs les pagara un fin de semana diferente.
Conseguido esto, la pareja regresó al Awahanee para una celebración que tenía aires de despedida. Jobs aprovechó un momento de soledad en la habitación para adornarla con fotos de su boda y una carta manuscrita que decía así:
No sabíamos gran cosa el uno acerca del otro hace veinte años. Nos dejamos guiar por nuestra intuición; me hiciste flotar. Nevaba cuando nos casamos en el Ahwahnee. Los años pasaron, llegaron los niños, los buenos tiempos, los tiempos difíciles, pero nunca los malos tiempos. Nuestro amor y respeto han sobrevivido y prosperado. Hemos pasado por muchas cosas juntos, y ahora estamos en el lugar donde comenzamos hace veinte años —más viejos, más sabios—, con arrugas en el rostro y en el corazón. Ahora conocemos muchas de las alegrías, de los sufrimientos, de los secretos y de las maravillas de la vida, y seguimos aquí juntos. Mis pies nunca han vuelto a tocar el suelo.
Feliz semana,
Francesc
